Transgresor puede ser casi todo. Trepar por la secuoya que sigue destacando en el jardín del Palacio de la Diputación pamplonesa y encadenarse a las ramas más altas para lanzar desde ahí el mensaje de la insumisión. Ocurrió en los años 90. Presentarse a impartir clase de sociología ante el alumnado de una universidad privada vestido de jugador de rugby para dar la medida de lo que la vida es a ratos, un partido que se pone duro. No ocurrió, pero ojalá. O de cobaya, de cabra o de cebra, porque sí. Porque el absurdo no pesa y esconde a veces la clave de la existencia. Dejar de ser madre de familia old school, abandonar lavadoras, platos y prole, y ponerse un tocado selvático, un bikini imposible y lanzarse a bailar samba sobre una carroza en Tenerife, o música electrónica en un club de tres plantas a las afueras de Berlín.

De eso van un poco los carnavales, ¿no? De salir de nuestros límites diarios. Liberar instintos. Escapar de la corrección social. Desnudarnos de nuestro personaje para ejercer de uno diferente. Hay quien no necesita ni excusa, ni disfraz ni sustancias mágicas. Le basta con una simple despedida de soltero o un reencuentro de antiguos alumnos en el que algunos ni se recuerdan ni se reconocen. Libertad!

Adoro los disfraces con ingenio, con crítica social o con homenaje. Me arrodillo ante esas familias que componen una escena japonesa con guerreros, ryokan, geishas y estanque de nenúfares. Trump, Putin, Kim Yong Un y Bezos compartiendo jacuzzi y tangas de esparto. Hay tantas posibilidades… Con mi afición al disfraz un poco aparcada cada año pienso en que febrero es el peor mes posible. Sí, es el momento de despertar a la tierra, el carnaval rural lo sabe, y para los creyentes tiene un sentido en el calendario, pero fuera siempre llueve y hace 5 grados. Cuesta salir. Necesitas tragarte todas las plumas del edredón. Voto por trasladar esta transgresión oficial a junio. Las demás, a cualquier día, mes y vida.