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Hablando en bata

Victor Prieto

Ascocalipsis Trump

Ascocalipsis TrumpFreepik

En vista de que los altos mandos del planeta parecen decididos a que este se vaya al carajo con todo el mundo dentro, he tomado medidas para esos últimos días. Ignoro si los enemigos que anden haciendo el mal tras el reventón serán zombies, infectados u orcos cantando habaneras (¿puede haber algo peor?), pero el martirio no me hace juego con el ropero, así que prefiero morir matando.

De entrada me he sacado la licencia de caza y me he comprado escopeta y abundante munición, de la que guardo un cartucho para mí. Qué menos: la he pagado yo y prefiero volarme la cabeza antes de que me devoren en vida.

En cuanto a mi refugio, he decidido crearlo uniendo cocina y baño y renunciando al resto de la casa. Como es un espacio exiguo he recurrido a Ikea por su célebre capacidad para meter un estadio en un futbolín. Y es merecida esa fama: su proyecto, además de todo lo que ya incluía yo, añade una cama de matrimonio, una butaca de masaje, media pista de pádel (jugador vs pared), una biblioteca con su mesa de lectura y una cabina telefónica londinense como detalle de buen gusto...

Y sin falsear las medidas del plano. Portentoso. Pero no me cuadraba el presupuesto, de modo que me conformaré con tapiar las puertas de ambas piezas.

Provisiones alimentarias, en una imagen de archivo.

En cuanto a las provisiones, tras lo visto cuando el Covid, comencé por el papel higiénico. Dado que el pánico se paseaba ya por las calles, me dejé caer por el supermercado y llené dos enormes carros con grandes paquetes de ese papel desgraciado. A continuación me situé en la puerta de la calle aguardando a los desesperados que salían con las manos vacías y me dediqué a la reventa hasta quedarme con dos rollos. Con lo obtenido en la reventa volví al súper para comprar sin exagerar conservas y agua mineral, artículos que me llevaron a casa en un camión escoltado por majorettes.

Y no me llamen pesimista. Para pesimista mi amigo Matías, que comenzó a estudiar artes marciales hace ya seis meses porque alguien le dijo que existían más de veinticinco maneras de matar a un adversario con las manos desnudas. Tras una breve prueba, el profesor del gimnasio al que acudió le dijo: “Sí hay má folma, pelo si tú puede apelendel solo do tú puede dal con canto en diente”. 

“Muy bien tú sabe ya segunda folma. Apolobado”, dijo el maestro meses después. Y Matías, en su inocencia, sacó una piedra y le reventó la boca. Ahora mi pequeño saltacharcos reside en una triste cárcel esperando el juicio. Claro que, como todos los tontos tienen suerte, igual le coincide con el Juicio Final y el marrón se lo come el coreano por estar sin bautizar.