Este lunes se cumplen 45 años de la conspiración generalizada que fue el 23-F. En esto estuvieron implicados casi todos, en aquel asalto estrambótico y chusquero de 400 miembros de la Guardia Civil bajo las órdenes de Tejero y de la rebelión con tanques en Valencia de Milans del Bosch. Las claves del intento de golpe de Estado del 23-F de 1981, que se han intentado ocultar en una falsa nebulosa, están ya despejadas. Ya está claro y es sabido que fue un golpe de salones y contubernios con Juan Carlos de Borbón o el propio Felipe González los papeles de muñidor y correveidile tras las bambalinas.
El deambular de ambos por el presente actual es cada día más penoso. Un error inmenso que la democracia y la sociedad aún siguen pagando. El golpe fracasó en lo militar con poco más que unos pocos condenados como chivos expiatorios. Pero no en lo político. La historia oficial edulcora el asalto al Congreso, pero no ha evitado que la verdad real haya sido ya escrita y publicada con todos los nombres y detalles de los actores principales y de quienes les dirigieron desde bambalinas. Aunque no sé si ya esto interesa a las nuevas generaciones. Pero debiera, porque el 23-F consolidó hechos políticos que aún lastran la democracia española: la asunción acrítica de la impunidad para todos los responsables del aparato franquista y de la violencia desatada durante sus últimos años, blindar a la Corona a costa de todo y aceptar el chantaje del ruido de sables golpista como excusa para poner en marcha un recorte por la vía de los hechos del desarrollo de los derechos históricos pactados en la Constitución y origen de los problemas que aún persisten para la vertebración plurinacional, económica y social del Estado español.
Y por ahí resoplan de nuevo, como entonces, los salvapatrias. Tiene razón el presidente del Parlamento de Navarra, Unai Hualde, cuando advierte del auge ultra del negacionismo y el revisionismo franquista. El golpismo y la involución antidemocrática ya no utiliza tanques ni se vista de correajes. Es más sutil, pero está igualmente saliendo a flote en discursos, manifiestos, homenajes, tertulias y partidos políticos.
El ataque a la democracia que fue el 23-F ya no es una deficiencia exclusiva del Estado español, sino que la deconstrucción de la democracia y de todo lo construido en favor de la paz, la convivencia y los derechos humanos en el mundo está en juego ante la expansión normalizada del viejo fantasma negro, ahora con trajes y corbatas, tecnología, ingentes cantidades de miles de millones de dólares y espacios controlados de máximo poder mundial en manos de una pequeñas élites corruptas y endiosadas.
No sólo se intenta romantizar la dictadura franquista, se ensalza como los nuevos líderes mundiales a quienes trabajan por destruir lo construido y sustituir la democracia y los derechos y libertades y deberes por el simple autoritarismo de la fuerza. 45 años después.