Sara tenía 17 años. Quienes la conocían la recuerdan como una chica alegre y comprometida con los demás. Era voluntaria en ANFAS, acompañando a personas con discapacidad. Tenía empatía hacia quienes eran diferentes. Y, sin embargo, no encontró ese mismo respeto hacia ella. La familia de la joven fallecida en Cintrúenigo sostiene que llevaba años sufriendo acoso escolar y ciberacoso. Un desgaste que fue dejando heridas invisibles, de esas que erosionan la autoestima hasta hacerla tambalear.
El acoso ya no es solo el empujón del que se cree más fuerte en el patio. Muchas veces es algo más cobarde: la vileza de quien ataca con el teclado escondido detrás de una pantalla. Un mensaje, una burla, una foto que corre por los grupos de móviles. Qué fácil es hacer daño así... Cuando hablamos de hacer lo necesario como sociedad, ahora sabemos que hay un paso más. El Gobierno de Navarra ha aprobado un decreto foral que contempla la expulsión del centro del alumnado que participe en situaciones graves de acoso. Es una señal de que el bullying no puede tratarse como una travesura. Pero las normas por sí solas no bastan. Detrás del acoso hay también una herida profunda en la salud mental de quienes lo sufren y eso exige recursos reales: profesionales, atención y acompañamiento para familias. La denuncia tiene que cambiar de bando.
La vergüenza social no debería recaer en quien sufre, sino en quien acosa o mira hacia otro lado. Porque no hay herida más cruel que la de un fantasma que te persigue sin descanso mientras los demás apenas perciben –o sí– lo que está pasando.