Mientras drones y misiles vuelan y destruyen en el Próximo Oriente, unos consideran que es una guerra necesaria, otros que llega demasiado tarde, o bien que es la última oportunidad de eliminar una amenaza atómica. Es difícil formar una opinión cuando actitudes tan divergentes surgen de personajes con muchos más conocimientos que los periodistas o sus lectores. Al frente de la Casa Blanca y del país más poderoso y rico del mundo se halla Donald Trump, un personaje difícil de catalogar y entender, que a veces nos parece caprichoso e impulsivo, no solo a quienes lo observamos de lejos, sino también a políticos cercanos a él, incluidos otros jefes de gobierno que, a gusto o a disgusto, no tienen otro remedio que lidiar con la primera superpotencia.
Llegó a la Casa Blanca hace nueve años casi por error y poco preparado, pero a su regreso hace menos de un año y medio ejerce mucho más poder que en su primer mandato, algo que él mismo reconoció la semana pasada. Su política hacia Irán la explican algunos como dirigida por su gran aliado israelí, otros como el momento inevitable al que habían de llegar las concesiones y vacilaciones de Washington ante Teherán durante más de cuatro décadas, otros como uno de sus impulsos descontrolados. En cualquiera de los tres casos, la gran pregunta es si la guerra contra Irán es necesaria para la seguridad de Estados Unidos y sus aliados. A diferencia de Roma con Cartago delenda est, que acabó realmente con su fuerte rival cartaginés, ¿es hoy posible eliminar a un adversario en un mundo multipolar?
Hoy, los posibles enemigos de Washington ya no están lejos, sino a fracciones de segundo en comunicaciones y armamentos. El mundo de hoy se ha encogido estratégicamente y ha puesto en manos de países pequeños y pobres, como Corea del Norte, la fuerza del átomo en sus arsenales militares. Y es precisamente el átomo lo que preocupa en Washington –y después del ataque de Irán contra la base militar de Diego García a 4.000 kilómetros, debería preocupar también en Europa– demuestra que toda Europa está a su alcance y que la destrucción por la que ha pasado Irán en estas tres semanas de guerra no garantiza que desmantele suficientemente sus arsenales atómicos. Hay razones para dudar de que su capacidad de reconstrucción haya sido aniquilada y probablemente volverá a constituir una amenaza semejante.
Quizá entonces, las alianzas hayan cambiado, como ya va ocurriendo hoy, en que hay menos cooperación entre estados islámicos, y no solo por la división entre chiitas y sunitas. Otros intereses afectan los valores, las creencias y los erarios Entre tanto, otra escuela nos advierte de que las armas atómicas existen desde hace casi un siglo y están repartidas por todo el mundo, tanto en estados grandes como Rusia, China o Estados Unidos, como en otros pequeños como Israel y Corea del Norte. Estos arsenales constituyen una amenaza, pero desde hace ochenta años tan solo se utilizaron una vez y algunos los ven como un medio de prevenir conflictos. Según esta tesis, las armas nucleares en manos de los ayatolás habrían prevenido el conflicto actual.