En una sala del Palacio de Buckingham y ante la que fue incombustible monarca británica Isabel II y un centenar de invitados, un joven vestido de gala rasga la solemnidad del instante con un grito estentóreo. ¡Que se joda la reina! El joven está a punto de recibir una condecoración de manos de Su Majestad.

Así arranca Incontrolable, una película brillante, una de las mejores historias que he visto desde hace tiempo. El actor protagonista, que se ha llevado un Bafta y merece también un Oscar, nos acerca la vida de Johnny, un chaval escocés que comenzó a padecer síndrome de Tourette en los 80, cuando nadie sabía qué era. Un día su cabeza, su cuello, su brazo derecho, comenzaron a sufrir espasmos y violentos tics que no podía controlar y su boca empezó a escupir insultos sin que pudiera evitarlo. Se vio involucrado por primera vez en peleas que no buscaba, estallaron los problemas. Pasó de ser un buen chaval, estudiante y deportista con amigos a hundirse ante la incomprensión de su familia, los insultos y las burlas de todo su entorno. Se hundió. Intentó suicidarse. A los 15 años le diagnosticaron síndrome de Tourette. Ese chico existe. Hoy es un hombre que se llama John Davidson.

Además de una historia real narrada con inteligencia y sensibilidad, Incontrolable es un acto de justicia, de reconocimiento y de apoyo bellísimo. Hay un personaje maravilloso, uno de los que acogen a Johnny, que sintetiza y explica todo lo que le ocurre en una frase-amuleto que resulta mágica. Posee el poder de transformarlo todo: “El Tourette no es el problema. El problema es que no sabemos nada del Tourette”. Aplicable a todo aquello que desconocemos y nos provoca confusión, rechazo o miedo. Esta película baila en el filo entre la crudeza dolorosa y salvaje y una comicidad muy tierna. Es una historia que te atraviesa y que puede cambiar vidas. Yo la proyectaría en todos los colegios e institutos. También en parlamentos y congresos de diputados.