Los negocios son los negocios, Lutxo, no sé si me explico. Esto ya lo dijo Lorenzo El Magnífico en el Quattrocento, creo. Y no me extrañaría que lo dijera con una amable sonrisa dibujada en su rostro. Pero sí, los negocios siempre han sido los negocios, naturalmente. Faltaría más. También Vito Corleone lo decía, de vez en cuando, con su voz cavernosa. Los negocios mandan. Lo que pasa es que ahora los negocios lo abarcan todo y lo son todo. Ya no hay nada que pueda quedarse fuera de los negocios. Ahora ya hasta los filósofos cotizan en bolsa. Sin duda, alguien tiene que estar muy contento con este nuevo mundo de los negocios a lo grande, no nos engañemos. Cuando, en ocasiones, me despierto sudoroso, en medio de la oscuridad de la noche, aterrorizado por el incierto destino del mundo, Lutxo, intento imaginar en la pantalla de mi mente, las resplandecientes montañas de dinero que están ganando y almacenando en sus sótanos blindados los bancos y los mercados hoy en día, hora a hora y minuto a minuto, sin parar.
Como si ese Himalaya de oro luminoso fuera una visión beatífica y sanadora. Un faro en las sombras tenebrosas. De ese modo, me tranquilizo pensando que el sistema funciona. Que va bien. Al final, hasta me puedo quedar dormido con una sonrisa en la cara. No obstante, por consiguiente, en cuanto empiecen a ir mal los negocios de Trump (cosa que puede ocurrir de un día para otro), en cuanto empiecen a no salirle las cuentas, alguien se encargará de apartarlo de ahí, le digo. Y me dice: ¿Quién se encargará? Y le digo: Los negocios. Ellos mismos serán los que se encarguen de hacerlo. Y me dice: ¿Los negocios? ¿Qué negocios? Los negocios son los que son, le digo yo. Los negocios de siempre. Y me suelta: a veces, parece que todo es una farsa.