Leo que la calle se ve triste. Quizá no lo esté, pero hay para quien es una percepción real. Cansancio de la sucesión de crisis, guerras, inestabilidad e incertidumbre, el futuro que asoma con demasiados nubarrones. No sé. Como si el largo invierno de siempre pareciera dispuesto a instalarse permanentemente sobre la vida y los agradables días soleados vayan a ser sólo anécdotas. No lo veo tan oscuro y tampoco creo que mirar atrás con tristeza tenga sentido. Tampoco venimos de un boyante paraíso, sí de un buen lugar en el que vivir en este confuso mundo. Añorar el pasado lo convierte en un idealizado estado de felicidad que casi nunca coincide con la realidad que fue. Quizá pueda ser cierto que aquello que se vivía como hermoso se torna más oscuro cuando se descubren las amargas trampas que ocultaba y esas sombras devalúan entonces la capacidad de escape del recuerdo. Creo que las percepciones y los sentimientos y los recuerdos del pasado, las vivencias del presente y los anhelos del futuro son la suma de lo importante. Pero es cierto que hay síntomas constantes de que lo que se dice a mejor no parece que vayamos.

La Repubblica, un histórico diario italiano que ha hecho gala de su independencia a lo largo de su historia, pasa a manos de un grupo de comunicación vinculado a la dictadura de Arabia Saudí y a Trump. Circulen, no pasa nada. Es una constante de quienes mantienen los hilos de control del poder sea éste político, institucional, económico..., intentar imponer la censura, ellos le llaman equilibrio informativo. Esa cara oculta de la realidad que se trata de mantener al margen del derecho democrático a la información y se encubre con el debate sobre la necesidad de transmitir ideas e informaciones positivas sobre la realidad como si no sucedieran los desaguisados que suceden. Ese argumentario disimuladamente censor, en esta sucesión de crisis del siglo XXI ha ocupado también importantes espacios de opinión y crítica política contra los medios. Al poder, al que sea, le gustan muy poco o nada las actividades de la sociedad civil, una intromisión innecesaria a su juicio. Pero ocultar la realidad no la borra. Nos vendieron hace ya unos años que navegábamos hacia lo que llamaban sociedad de la información.

Un espacio de comunicación social globalizada en el que las nuevas tecnologías ahondarían en la democratización del acceso a las claves de los hechos informativos. Sin embargo, la realidad informativa cuestiona los fundamentos de esa optimista teoría conforme los hechos se alejan de nuestra realidad más inmediata y las fuentes que suministran las informaciones son cada vez más opacas o simplemente ni siquiera humanas. Resulta inquietante tanto potencial tecnológico en unas pocas manos. ¿Es democratizable la Inteligencia Artificial? Ya estoy seguro que no. Cada vez hay menos incógnitas abiertas y lo que ya sabemos señala a un mundo más inquietante y distópico todavía que este presente.