El fallecimiento de una mujer adulta, decidido por ella misma tras años de padecimiento físico y mental, también ha servido, cómo no, para convertirse en un partido de fútbol de tigres contra leones o de ovejas contra lobos, como sucede con todo lo que acontece en España. En lugar de asumir que los seres humanos somos seres irrepetibles con derecho a elegir nuestro propio destino en una vida que ya bastante nos marca y nos dirige desde que nacemos, sigue habiendo por el horizonte personas y grupos que se creen capaces de inmiscuirse en ese derecho, además recogido por ley, y trastornar todavía más si cabe la existencia de alguien que ni usted ni yo tenemos derecho alguno a alterar.
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Pues aquí estas cosas pasan y lo que debería de ser una muerte escogida como otras tantas, callada y personal, dura durísima imagino pero deseada, se convierte en un sainete, una persecución, un drama televisado y escrito para que como puercos podamos refocilarnos en el fango de la vida de esa chica, de su familia, de sus amigos y, en general, mostrar ningún respeto a la intimidad ajena y a la sagrada cuestión de fondo: es su vida, es su muerte.
Que haya tenido que esperar mucho más de lo normal porque personas de su familia y grupos religiosos se hayan metido de por medio revela que la propia legislación no protege como debería a las personas que conscientemente eligen ser ayudadas a morir y lo hacen con todos los requisitos. No puede ser que terceros actores y actrices interrumpan el proceso más allá de aquellos profesionales cualificados que tienen que tomar las decisiones pertinentes en cada caso solicitado.
De dolor y eutanasia
No puede ser que se añada dolor al dolor, espera a la espera y drama al drama, no puede ser que las distintas legislaciones no protejan a estas personas por encima de todo ante injerencias externas ajenas a la supremacía total del individuo como ser único, racional y adulto.