De izquierda a derecha, y de arriba abajo, todas las tribus políticas andaluzas han sembrado su campaña electoral de fervor localista. El nombre de la comunidad ha inundado la cartelería e inflamado los eslóganes. El verde que la representa ha coloreado los mítines y hasta el vestuario de los candidatos. El nombre de los próceres de la patria chica ha saltado de boca en boca como chicle infantil compartido. Dejando claro que nosotros, precisamente nosotros, no somos los más adecuados para criticar la adoración de un topónimo, quizás en esta ocasión se han excedido en Andalucía.
¿Recuerdan a los altivos ciudadanos del mundo, los arrogantes cosmopolitas, cómo miraban al prójimo por encima del hombro y, por supuesto, del mapa? Pues según parece van de nuevo perdiendo. Lecciones globalistas, las que quieran, pero en augurios no dan una. Dijo en una entrevista el peloponesio Theodor Kallifatides, que vive en Estocolmo desde hace décadas y escribe casi siempre en sueco, que nunca podrá ser sino griego, que, pese a dejar su tierra natal en 1964, ésta nunca lo ha dejado a él. De hecho, retomó la escritura en su lengua materna… a los ochenta años.
Igual no queda otra y estamos atados al sino de la cuna, que unos juzgarán bendición y otros, condena. Lo evidente es que mucho pensamiento líquido, sí, mucho rollo multiculti, también, pero a la hora de la verdad aquí nadie accede a licuar su origen, ni en la calle ni en las urnas. Tofu, vale, pero al chilindrón. Tal como confesó Kallifatides en otro lado: “He superado la bobada de enorgullecerme de ser griego, así como la de avergonzarme de serlo”. Niquelao.