Como si se tratara del día de la marmota, cada vez que nos toca cambiar de hora el reloj salen a la palestra estudios y opiniones favorables y contrarias a esta modificación. Los argumentos se repiten hasta la saciedad, si bien en las tertulias se tiende a poner el acento en los beneficios que supone para el ocio el hecho de que el sol se ponga más tarde.
Por lo general, al personal le gusta que la noche se demore en aparecer y seguro que somos mayoría quienes firmaríamos ahora mismo porque todas fueran tan cortas como la de San Juan. Pero el cambio de hora no se hace priorizando el anochecer, sino lo contrario. La cuestión es cuándo nos conviene que se asome el sol. Y no es tan fácil ponerse de acuerdo. Para empezar porque en Catalunya lo hace 40 minutos antes que en A Coruña.
De ahí que seguramente habrá más catalanes partidarios de mantener todo el año el horario de verano que gallegos, donde en diciembre seguiría siendo de noche pasadas las nueve de la mañana si no de retrasara el reloj una hora a finales de octubre. Hay que tener en cuenta que para sectores como el de la construcción iniciar la jornada sin luz natural es un problema incluso para la seguridad de sus operarios, quienes esperan el momento del amanecer con más interés que Sazatornil, Resines y Ciges en la delirante Amanecer que no es poco. Esa genial película de José Luis Cuerda en la que el primero de ellos termina pegando tiros al horizonte al comprobar, desconcertado, que el sol sale por el Oeste.