Leo con tristeza que cierra la última librería-papelería que quedaba en Castejón, la última que se mantenía abierta en una localidad que cuenta con 4.700 vecinos, que no son pocos. Es como para echarse a llorar que estemos en un tiempo en el que con semejante volumen de gente como potenciales clientes no den las ventas para ni siquiera mantener un puesto de trabajo. No pasa solo en Castejón, lo sé, está pasando en muchas partes, en barrios de Pamplona, y en todos los casos imagino que coinciden un cúmulo de factores: la bajada de las ventas de prensa y revistas en papel en los últimos 10 años, la competencia feroz de las ventas por internet, la competencia de la venta en las grandes superficies y los cambios en la manera en la que consumimos determinados artículos.
Relacionadas
No sé qué se puede o debe hacer desde las administraciones públicas para tratar de paliar los efectos de todas estas circunstancias y apoyar a comercios que, estando abiertos, suponen un soplo de vida en pequeñas y medianas localidades y, ya en ciudades, en muchos barrios y zonas. Hablamos de un sector –el de venta de libros y publicaciones escritas– con márgenes de beneficio muy bajos para lo que es habitual en comercios –apenas un 25% o máximo 30% del precio de venta al público es lo que ingresa el comerciante– y en el que hay que vender mucho cada día para con ello poder pagar alquileres, tasas, gastos fijos y, con suerte, llevarse un pequeño sueldo a casa.
Esto, que a otra escala, está pasando en todo el pequeño comercio, forma parte de una dinámica que está desertizando de comercios de proximidad a todo Navarra, mientras a una buena parte de los consumidores finales poco parece importarles que se bajen persianas y bajeras donde poco antes ha existido una oferta que ahora hay que ir a buscar a otra parte más lejana o comprarla a señores y franquicias que acumulan miles de millones de beneficios.