Nos vamos a pasar seis años conmemorando el 50 aniversario de la Transición, hito a hito, golpe a golpe, verso a verso. Curiosamente cuando la Transición tuvo mucho de patada p'alante y olvido. Se olvidó por miedo, por conveniencia, por egoísmo y hasta por necesidad. Pero el peso de la realidad se impuso y el franquismo tuvo que plegar velas o reciclarse. Hubo cambios de chaqueta y ruptura de corsés. El capitalismo para eso es muy intuitivo y el dinero entendió clarísimamente de dónde venía el aire.
Reconocernos
Felizmente ahora se presta más atención a la memoria como fuente de justicia y reparación frente a escarnios y sufrimientos que cosechan respetos asimétricos. Superadas la guerra, la dictadura, ETA, las torturas (se supone) y el GAL, la cuestión está en soportarnos y a ser posible entendernos, si bien la memoria no es el pasado inmovilizado con un cepo. Cada generación vive su tiempo, lo que sobra es la nostalgia por los pasados embrutecidos. Eso indigna y con razón. La Semana Santa debería servir para abolir la pena de muerte ahora que en Israel brindan por ella.
Oferta y demanda
Cada época tiene sus trampas. Lo escribo contemplando un viejo anuncio de un Simca 1000, con un eslogan temerario: “Seguro que le gusta correr. Ahora corra seguro”. Dos frases y una antítesis como un piano, en un automóvil con motor atrás que hoy nos parece un ataúd sobre ruedas. Metáfora para observar la actualidad política y sus mensajes más falsarios. Hace años que la derecha acusa a la izquierda de prohibicionista y aguafiestas. La oferta anarcoliberal es la más tentadora: Haga lo que le gusta y hágalo seguro, que tenemos el poder, el dinero, la fuerza o la comparsa. El neofascismo es también un colmado de expectativas; otra cosa son sus consecuencias.
La derecha acusa a la izquierda de prohibicionista y de aguafiestas. El neofascismo es también un colmado de expectativas
En perspectiva
En pocas semanas ha muerto gente tan variopinta como Gregorio Morán, Fernando Ónega y Ramón Zallo. Los tres vivieron activamente esa Transición, cada cual con sus gafas. La hoy generación dirigente nació en esos años setenta. Pedro Sánchez en 1972, María Chivite en 1978, Imanol Pradales en 1975, Jorge Azcón en 1973 o Gonzalo Capellán en 1972, por mirar alrededor. Entonces todo lo digital (relojes, calculadoras, computadoras) era observado con fascinación como rampa de prosperidad y promesa material hacia un mundo atractivamente futurista. Somos la generación Mazinger Z, la del Casio y el Spectrum, pero hoy nos asoman las dudas. Según la artista Joana Moll, premio Ciutat de Barcelona, “el progreso tecnológico empieza a ser caníbal”, y “si te desconectas y no formas parte de este sistema, entonces no puedes incidir”. Tiene razón.
Posmodernos
Hoy la batalla política, mediática y social se basa en tener audiencia. El scroll infinito nos nutre de entretenimiento en el deseo de que se nos vea más, se nos lea más, se nos quiera más. Más y más y a todo correr. Esta dinámica expositiva modela ya nuestra cultura, precisamente cuando Twitter (ahora X) acaba de cumplir 20 años. Por muy gastado que esté el invento y críticas que le hagamos, X sigue siendo clave en la comunicación política. Pedro Sánchez tiene 2,3 millones de seguidores y seguidoras. Feijóo casi 255.000 y Rufián supera de largo el millón. En el ámbito vasconavarro las cifras son otras: Pradales reúne 4.110, Chivite 12.740, Aitor Esteban casi 75.000, Arnaldo Otegi 150.000. Veinte años ya de X, muchos, muchísimos más de publicidad.