Síguenos en redes sociales:

El farolito

F.L. Chivite

30 años

30 añosArchivo

Perdón, nunca he sido consciente del verdadero grado de aceptación de estas columnas. Yo siempre he procurado que ese asunto no me importara, por supuesto. No obstante, cómo pasa el tiempo, Lutxo. Lo digo porque hace poco cumplí los treinta años aquí. Publiqué el primer Farolito el 20 de marzo de 1996, en la etapa de Manuel Bear. Por aquel entonces, Aznar acababa de alcanzar el poder. ETA seguía en activo, marcando agenda. Aún funcionábamos con pesetas. Aún no disponíamos de internet, ni de teléfonos móviles.

Pero en el estado de ánimo general se respiraba más esperanza que ahora. Y un cierto anhelo de modernidad, dejémoslo ahí. Treinta años no son muchos si los vives tranquilo, lo sé. Supongo que mi forma de pensar y de escribir habrá cambiado en ese tiempo. Aunque siempre me emociona observar cómo nos aferramos a nuestra identidad. Con qué fiereza, quiero decir. Al parecer, es un arraigo muy básico: el de querer ser siempre uno mismo. Así que, en cierto modo, el que ahora se levanta y saluda con infinito asombro y agradecimiento por la atención recibida a lo largo de todo este tiempo, es también aquel poeta de la periferia en la treintena de la vida, que acababa de publicar su segundo libro de poemas y escribía cosas como: Solo en tu corazón está el sonido que esperas.

Me pregunto qué habré aprendido yo en estos treinta años llenos de meses plomizos y días ásperos, Lutxo. Pero no sé muy bien qué responderme. A tener paciencia, sí he aprendido, creo: qué remedio. La paciencia se aprende sin querer. De modo que también habré tenido que aprender a desaprender muchas tonterías, me imagino. Porque hay que desaprender tonterías todos los días, eso es obvio, claro. Por lo demás, todo bien, gracias. Como decía el diablo, o tal vez Voltaire, las cosas se están poniendo muy inquietantes, viejo gnomo, le digo. Y me suelta: Esperemos que sea para bien.