Los números, a diferencia de los discursos políticos, no admiten interpretación retórica. El regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos no es un evento aislado, sino un síntoma de lo que podría ser un cambio de era. La economía estadounidense, que durante el siglo XX dictó las reglas del juego, presenta hoy signos de un agotamiento estructural que el aislacionismo de América First parece acelerar. La realidad aritmética es tozuda. Según los datos del Departamento del Tesoro de EEUU, la deuda de aquel país supera ya los 34 billones de dólares, un volumen que condiciona cualquier maniobra.

Mientras Washington se enzarza en guerras arancelarias y repliegues diplomáticos, al menos, por parte de su presidente y su volatilidad, el centro de gravedad del mundo se desplaza hacia el Este. El Fondo Monetario Internacional (FMI) es claro en sus series históricas: en términos de Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), China ya superó a Estados Unidos hace años. El gigante asiático representa hoy aproximadamente el 19% del PIB mundial en este apartado, frente al 15% estadounidense. La diferencia radica en la estrategia de siembra. Mientras Estados Unidos apuesta por el consumo interno y la protección de mercados maduros, China ha ejecutado una planificación de décadas.

No se trata solo de manufactura barata. Los datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) certifican que China lidera el sistema internacional de patentes, especialmente en sectores críticos como las telecomunicaciones, la inteligencia artificial y las energías renovables. Es el control de la tecnología, y no solo del capital, lo que define la hegemonía mundial. La historia, sin embargo, enseña que los imperios no se desmoronan en un solo acto, sino que se marchitan por una erosión lenta y, a menudo, imperceptible.

El programa de Trump, anclado en un proteccionismo nostálgico, intenta reflotar un modelo industrial que ya no existe frente a un rival que ha tejido su influencia en el Sur Global mediante infraestructuras y alianzas estratégicas. No asistimos a un colapso repentino, sino al agotamiento de los mecanismos que sostuvieron el siglo americano. El relevo no es una profecía; es una tendencia estadística que el tiempo, con su parsimonia habitual, se encargará de contrastar.