Ayer, cuando fui al centro de salud a las 8 de la mañana, había una cola larga y silenciosa. La gente, aún dormida y quizá angustiada por lo suyo, esperaba. Me recordó a las colas del hambre. Me dieron cita presencial para dentro de 15 días. Me fui pensativo. Y entendí por qué quien puede se va a la “privada”. O por qué han aumentado los seguros privados entre las clases medias más pudientes. La gente prioriza su salud. Y esto es ajeno al compromiso con lo público. Pero si lo público parpadea, buscas alternativas. Si puedes. Porque esto también va de clase.

Ese día, oí a la portavoz de la Asociación por la Defensa de la Salud Pública de Navarra expresar la preocupación de los profesionales sanitarios de Atención Primaria por la salud pública navarra. Incidía en las listas de espera y la desmotivación de unos profesionales sobrecargados y agotados. Venía a identificar lo que ya se sabe. La falta de personal, las dificultades en atención primaria, las infraestructuras y recursos materiales, las listas de espera y la gestión o las nuevas demandas de salud. Y venía a confirmar -esto lo deduzco yo- que si todo esto empeora y el sistema público se degrada y se descapitaliza, será vampirizado por la “privada”. 

Al oírle, quise recordar aquellos ambulatorios de hace años. De citas para el día, o el día siguiente, de profesionales que te miraban a los ojos y con eso casi te curabas. Aquella sanidad en la pole position mundial. Al oírle, noté el síndrome del miembro fantasma. Algo se nos ha ido, me dije. Pero me negué a creer que el pasado sea apenas una molestia.

Y sí, se saben las soluciones. ¿Complejas? Claro. Pero si se cree en ello, nada puede impedir que el sistema público de salud responda a las expectativas y derechos de toda la ciudadanía en tiempo y forma. Porque nos jugamos el sistema público, algo que nos cohesiona socialmente. Y la salud, que no entiende de fronteras ni clases.