La otra tarde fui caminando desde mi actual casa a aquella en la que nací. Miro en Google Maps y la distancia es de unos 3 kilómetros y medio, aproximadamente 45 minutos andando. Entre medio, más o menos, está otra casa en la que viví unos 10 años, y unos 5 minutos más lejos de mi primera casa el colegio en el que estudié los 13 primeros años lectivos y unos 20 minutos más lejos de en la que vivo ahora el lugar en el que trabaje casi una década.
Casi todos los demás puntos en los que he trabajado están entre medio de esas coordenadas oeste-este separadas por un máximo de 75 minutos andando, así que, echando cuentas, calculo que alrededor del 80% o incluso el 85% de mi vida lo he pasado en ese radio de acción separado por apenas 6 kilómetros, una evidencia que, en cuanto la registro plenamente en mi cerebro, me marea un poco. El mundo tiene unos 149.000 kilómetros cuadrados de tierra firme y yo he pasado el 85% de mis noches en unos 12. Y eso que he contado con la inmensa fortuna de disponer de casas familiares en pueblos a las que ir en verano y durante varios meses al año desde que nací, así que no quiero imaginar el % de permanencia en el mismo rincón que acumulan quienes no han tenido esa fortuna y apenas han salido de su madriguera para viajes esporádicos y vacaciones. No digamos ya quien vive en la misma casa que en la que nació. No digo que sea un hecho negativo.
Solo digo que me mareo, imagino que por la sencilla razón de que veo que el reloj sigue avanzando y no tiene pinta de que vaya a haber mucha variación. De hecho, es posible que el porcentaje general siga incrementándose en favor de esos 12 kilómetros cuadrados. Por suerte, el paisaje de ese rectángulo ha cambiado un poco desde el 72 y ahora te puedes hacer las uñas cada 100 metros y darle hostias a un saco de boxeo cada 500. No es mucho, pero con algo hay que entretenerse.