Si perforamos la Plaza de San José, podremos oír su respiración. Debajo de esa plaza, que un tal Vidaurre quiere colonizar a golpe de hostelería vintage, se ubicó un poblado vascón de origen prerromano. Quizá esto a él le importe una mierda. Pero ese poblado atesora un secreto subterráneo. El silencio. Un silencio que cura el desánimo y la ansiedad. El silencio de una plaza que no ha soltado la cuerda de la historia. Como un espacio sin domesticar.

Días atrás, esta plaza ha sido noticia. El constructor Óscar Vidaurre quiere abrir ahí un café con solicitud de terraza. El ayuntamiento dice que no consta ninguna petición en este sentido y que, si llega, se estudiará, puesto que una cafetería no es hostelería y, por tanto, no estaría afectada por la declaración de zona saturada de bares. Bueno, no será la primera vez que una normativa laxa o poco exigente acabe permitiendo, de palabra, obra u omisión, que una cafetería funcione como un bar de copas.

La vecindad se ha puesto en guardia. No se fían. Ni de quien no tiene más patria que su bolsillo ni de una administración que, respecto a la gestión del espacio público y su ocupación por una hostelería extractivista, le cuesta decir no. No me extraña. Este Casco Viejo está hasta los mismísimos de un barrio hiperbarificado, hipertrofiado de actos, farras, eventos, ruidos, cargas, descargas y terrazas legales e ilegales. De especulaciones hosteleras y normativas porosas que permiten filtraciones o interpretaciones imprevistas que acaban consistiendo la resignificación de locales A por B. Algo típico de un proceso de gentrificación encubierta que aún cuesta reconocer.

Esta plaza no puede acabar en una terraplaza más. La defensa de esta plaza debería ser el banderín de enganche de un movimiento que impulse la declaración de zonas libres de emisiones hosteleras que alteran la convivencia y la salud de un barrio en el que ya es difícil conciliar la vida y el descanso.