Hace unos días nos desayunábamos con la noticia de que el paro había subido en Navarra –según la Encuesta de Población Activa– en el primer trimestre en 2.900 personas paradas más, hasta las 31.000, y toda una serie de datos bastante negativos, trimestrales e interanuales. Una semana más tarde, la noticia es que el paro registrado bajó en abril en casi 1.000 personas, que se situó en menos de 29.000 y que la cifra de personas dadas de alta en la Seguridad Social creció en un mes en 2.247 y en un total de 5.590 respecto a abril de 2025, lo que supone un crecimiento del 1,78%.

No es un subidón sideral, pero es un récord histórico y sirve para, de manera clara, apaciguar los malos augurios que había traído hace una semana la EPA. A ver: ya se ha dicho muchas veces que la EPA es una encuesta, que tiene un universo a nivel nacional digno pero que en comunidades pequeñas puede tener distorsiones importantes, tanto para bien como para mal, algo que cualquiera que siga el mercado laboral y sus estadísticas puede perfectamente comprobar. Lo fundamental de un mercado laboral es que sea capaz de asumir lo más posible el ánimo de trabajar de la población, que exista una tasa de actividad elevada y que esa tasa de actividad vaya acompañada de altas tasas de ocupación y de bajas tasas de paro.

No hay que cortarse las venas porque un trimestre Navarra te salga como la séptima en el ranking de mejor paro, porque al trimestre que viene te puede salir la tercera. Lo importante es que la relación afiliados-parados sea cada vez mayor –lógicamente cuantas menos personas paradas mucho mejor, eso en primer lugar y por encima de todo– y que el dinamismo del mercado laboral para ofrecer soluciones sea alto. Y, por supuesto, que los salarios permitan a todo el mundo llevar una vida en condiciones de ser denominada vida y no otra cosa. Tan importante o más que las puras y duras cifras.