Osasuna salió acelerado al partido y se equivocó. Un Atlético de Madrid que ya está haciendo el balance de cierre, que acusó en la primera parte la falta de tensión propia de quien piensa en las vacaciones, requería otra forma de encarar el compromiso, no tanto en las formas como en la actitud. El equipo de Lisci quiso ganar por ko en el primer asalto y acabó perdiendo después de estar sobre el campo más de cien minutos, tener ventaja numérica en el último cuarto de hora y sumar 23 disparos a puerta (14 fuera del arco).
No fue una derrota por puntos, porque la productividad, la posesión, el dominio del juego y el esfuerzo de los rojo no se reflejan en este 1-2; la diferencia estuvo en el mejor manejo de las circunstancias de este momento de la competición por parte de los colchoneros. No acertó a hacerlo Osasuna, que nada a dos jornadas de la conclusión del Campeonato entre dos aguas: malgastando las oportunidades de lograr un billete para Europa cada semana más barato y amenazado ahora por esa lucha tumultuosa por eludir un descenso tan caro en puntos como no se ha conocido en años.
Los síntomas de la ansiedad que ayer atenazó a Osasuna eran visibles desde los primeros minutos de partido, tanto en el campo como en el banquillo. Budimir, que no vivió su mejor noche como killer del área, se molestó con sus compañeros porque demoraron un saque de banda. El croata quiso poner el balón en juego con rapidez, con una urgencia a todas luces excesiva para ser el minuto 8 del encuentro. Vino poco después el penalti de Galán, que primero cubre los brazos en la espalda pero desprende el izquierdo cuando Griezmann golpea el balón. A tono con esta jugada, el lateral izquierdo no pasó de un rendimiento gris toda la noche, sin aportar ese factor diferencial que venía ofreciendo.
No sé si fue por el lance en la disputa o por la tensión, el caso es que Raúl Moro sufrió una lesión muscular que también le sacó del campo. Para entonces, Lisci ofrecía un alto grado de alteración, muy visible cuando gesticulaba de manera expresiva porque Rubén García no cerró una acción individual con disparo a portería en lugar de generar el enésimo pase dentro del área. La crispación del italiano fue en aumento al reclamar un penalti de Musso sobre Budimir que la imagen del VAR demostró que no era tal. El croata también estaba para entonces desquiciado, no tanto por la decisión del árbitro como por no haber convertido en gol un anterior mano a mano con el guardameta argentino.
El delantero también cayó en la provocación de Pubill, empujando al defensa antes del saque de una falta y recibiendo una tarjeta amarilla porque el teatrillo del rojiblanco convenció al colegiado que resolvía cualquier controversia tirando de cartulina a falta de mejores argumentos. Solo Aitor Fernández parecía sereno en este contexto de ansiedad casi pandémico que, sin embargo, no sufrió mutación tras el descanso. Osasuna siguió colgando balones al área, Budimir sin embocar (por culpa de Musso), Catena de delantero centro y Kike Barja asumiendo su nuevo papel de agitador.
Este virus de ansiedad que afectó al equipo, y cuyos primeros efectos saltaron a la vista en la derrota frente al Levante, se ha extendido también entre la afición. Los de la botella medio vacía repiten hoy eso de “ya te lo decía yo…” y les entran sudores solo de oír la palabra descenso. Los de la botella medio llena esperamos a que concluya toda la jornada para ver si nos vacunamos. Pero pase lo que pase, de aquí al domingo queda declarada la cuarentena en el osasunismo. Ya saben cómo actuar:, llamadas a cerrar filas, todos a El Sadar, recibimiento al equipo y ese detallado protocolo que parece debe reactivarse de tiempo en tiempo porque en Osasuna las cosas son así o no son.