Leo por ahí una frase atribuida a José Luis Rodríguez Zapatero, literal, como dice la chavalería: “Si he acabado con el terrorismo en España, ¡cómo no voy a arreglar lo de Venezuela!”. El que sea o no suya es lo de menos, pues no se juzga aquí su vanidad –le esperan juicios de más enjundia–, sino la propia milonga devenida lugar común, verdad revelada o, por seguir con los bros, tipo… mítica. A los correligionarios y colegas de ocasión ese supuesto haber incluso les sirve hoy para blanquear su presunto debe, en plan lo robado por lo servido. Cuando imputan a un amigo, no preguntes y suelta patada voladora.
Ignoro si el leonés ha pillado cacho, si ese río que tanto suena en realidad agua lleva. Lo que sí sé es que, por mucho que se ejecute, la reiterada milonga no ha dejado de ser falsa. Porque con el terrorismo no acabó el expresidente, ni los virreyes locales en la sombra. Si acaso ejercieron de trujamanes, confesores, correveidiles, salvamuebles, notarios, puntilleros y forenses para chapar un negocio en ruinas. No obstante, se agradece su firma en el acta de defunción.
Junto a la labor policial, quienes más lo empujaron hacia el cierre, frente a amenazas, tiros o salivazos, fueron sobre todo otros: paisanos que, lejos de comprar un producto letal, se empeñaron en denunciarlo, heroicos concejales de pueblo, pioneros manifestantes, pacifistas agredidos, irredentos profesores, empresarios que se resistieron al chantaje, vecinos que se negaron a agachar la cabeza aun a riesgo de degüello …, en fin, ya tú sabes. La historia suele fallar en el reparto de medallas. A ver si al menos acertamos los testigos.