Como intuyo que la inmensa mayoría de ustedes no tengo la más mínima idea de si Zapatero cometió ilegalidades o no que vayan a suponer algo más que una imputación. Queda mucho procedimiento y es lo suficientemente enrevesado y denso como para no tener que caer en comentarios de barra de bar, ya sea en un sentido o en otro. Ejemplos tenemos de sobra de personajes a los que se les presuponía una altura moral inviolable que resultaron ser unos trapaceros y también a la inversa, porque la realidad de la vida no es lo que se aparenta que se hace o que no se hace sino lo que realmente se hace o no se hace.
Más allá de eso, del evidente interés político y mediático que hay en que caiga Zapatero y con él Sánchez -interés que lógicamente también existe en sentido inverso- y del posible recorrido que pueda tener a mi lo que siempre me ha fascinado de todos los expresidentes o de casi todas estas figuras políticas que dejan el primer plano es esa querencia por seguir figurando, de una u otra manera, en asuntos de toda clase y condición. Con un sueldo vitalicio de unos 80.000 euros brutos, por encima del 85% de la población o más, siguen enfrascados en cuestiones de asesoramiento, mediación, análisis, valoración y, en general, chapoteando en esos andurriales empresariales y políticos en los que casi todo se lleva a cabo a golpe de contactos, pagos elevados y en algunos casos comisiones de dudosa legalidad, caminando por ese estrecho filo que al 99% de la ciudadanía siempre nos va a parecer sospechoso porque así lo cuentan los libros, las películas y, en muchísimos casos, la realidad.
Con lo sencillo y relajante que tiene que ser doblar la toalla, ponértela debajo del brazo, la silla plegable y pirarte a la playa con un par de libros y una nevera con bebidas y dos manzanas y un sándwich. Son incapaces. Sea o no culpable, a mi la gente así me da lástima. No han aprendido nada.