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Mirar el Mundial sin referencias

Mirar el Mundial sin referenciasEuropa Press

Se va la Liga y llega la sensación de que todo queda atrás demasiado rápido, como si hubiera pasado en otra vida. Y de repente arranca el Mundial de selecciones, que es otro fútbol. Sin la previa de cada semana, sin debates, sin el ruido de siempre. Aquí los nombres pesan menos, manda lo que pasa en noventa minutos.

En fases más adelantadas se parece más a lo que conocemos, pero un partido de fase de grupos entre dos selecciones que apenas conoces te lleva a mirar sin referencias, más aún con el aumento a cuarenta y ocho equipos. Cuando no tienes referencias, lo miras distinto, más limpio, más directo. No sabes quién debería estar ni quién falta ni por qué. En diez minutos identificas quién sale jugando mejor, quién aprieta, quién tiene chispa. En veinte, ya tienes tu propio veredicto, ese lateral es fiable, ese ‘9’ no te convence, ese equipo tiene algo, no le meten un gol ni al arco iris. Incluso intuyes por dónde puede ir el partido. Puedes equivocarte, pero da igual.

Es como viajar a un país cuyo idioma no entiendes. No puedes apoyarte en los tópicos de siempre, así que observas más, gestos, ritmos, detalles, cosas que habitualmente pasan desapercibidas. En el fútbol pasa lo mismo. Al no tener referencias, te quedas con lo esencial, quién gana los duelos, quién impone su ritmo, quién acelera el partido y quién le da pausa. Y en ese proceso la atención se vuelve más directa, como si el partido se fuera ordenando poco a poco.

La pena es que esa sensación dura poco. En cuanto algo destaca aparece el móvil, nombre, club, estadísticas. De repente sabes que ese extremo juega en tal liga, que viene de conseguir diez goles y cuatro asistencias, o que ese mediocentro es una pieza clave en su equipo. Lo que era intuición se convierte en dato y empieza a condicionar la mirada. Ese regate que te sorprendía ya tiene antecedentes, ese pase que te parecía distinto ya está explicado. El análisis deja de apoyarse solo en lo que ves. El partido pierde parte de su descubrimiento y con ello la frescura. Y también se diluye esa primera impresión tan pura, esa relación inicial con el juego sin intermediarios.

Por eso el Mundial engancha de otra manera. Porque todavía deja, aunque sea por momentos, ese espacio para mirar sin saber, para ver el partido sin red. Un rato de intuición, con margen para el error y la sorpresa. Es un fútbol más directo, más físico, menos emocional donde cada jugada llega sin avisar. Y en ese punto, cuando no tienes todo explicado, el juego vuelve a ser imprevisible de verdad. A veces, entender menos es la condición necesaria para recuperar una mirada más limpia, en la que el partido habla por sí solo. Y seguramente ahí está la razón de la ilusión que nos provoca cada Mundial, la posibilidad de volver a descubrir, aunque sea por unos días, un fútbol que no controlas del todo y que, por eso mismo, vuelve a sorprenderte. Como cuando empezábamos en esto.

El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA