Pablo nació hace 40 años en Fort Lauderdale, Florida. Hijo de Cándido, esposo de Tanya, hermano de Michael, sobrino de Urtain. Su historia, a su pesar, lleva años llenando páginas de periódico e imágenes de televisión. Pablo se ha convertido, para muchos, en el rostro de la pena de muerte. Esa que siempre asociamos con países lejanos, con dictaduras o con la Ley del Talión todavía vigente en algunos estados de Norteamérica. Esta vez, el condenado a muerte es alguien muy cercano. Pablo lleva encarcelado desde 1994 y está en el corredor de la muerte desde 2000, condenado por el asesinato de Casimir Sucharsky, dueño de un club nocturno, y de dos mujeres, Sharon Anderson y Marie Rodgers. El crimen cometido fue horrible y exige justicia. Lo que no es admisible es el ojo por ojo. La pena de muerte es injusta, cruel, inhumana y degradante. Quitar a alguien la vida para castigarle porque ha matado es un sinsentido, una incoherencia, una atrocidad. La pena de muerte es venganza en estado puro, un brutal anacronismo, inconcebible para toda persona que crea en el derecho a la vida como valor fundamental.

Además, Pablo es inocente. Ha negado desde el primer momento su participación en el crimen por el que está condenado, también cuando se le han hecho ofertas de penas menores a cambio de confesarse culpable. El proceso judicial que le ha llevado al corredor de la muerte estuvo plagado de irregularidades. La principal prueba inculpatoria contra él es una foto obtenida de una imagen de malísima calidad extraída del video que grabó el crimen y que fue posteriormente manipulada. No hay ninguna prueba física -ni huellas dactilares ni ADN- que le relacione con el crimen. Además, Pablo no gozó de una asistencia letrada eficaz, sino todo lo contrario. Sólo gracias al tesón de su familia y de activistas voluntarios, al trabajo de la asociación contra la pena de muerte que lleva su nombre, y al apoyo de ciudadanos e instituciones vascas y españolas, ha conseguido acceder a abogados capacitados que llevan años intentando dar la vuelta a un proceso absolutamente kafkiano.

Acabamos de saber que, después de casi 3 años, el juez Levenson del Tribunal de Broward County ha hecho pública su decisión ante la apelación planteada en abril de 2009 por la defensa de Pablo. Y ha dictaminado que no es preciso repetir el juicio que le condenó, por considerar que todo fue correcto. Pero no lo fue. Habrá nuevas apelaciones y Pablo seguirá esperando un juicio justo y con garantías, aislado en su celda de 3x2, en una larga agonía cruel e inmerecida. Espero que un día se haga justicia, por ello seguiré apoyando su causa contra viento y marea. Aunque hay algo que será imposible: devolverle su vida, su tiempo y resarcirle por tanto sufrimiento.