A lo largo de la vida nos ocurren cosas que cambian el curso de nuestra existencia: encuentros fortuitos que ocasionan el cambio de residencia de un lugar a otro; insights casuales que, contra todo razonamiento, provocan un giro decisivo y alteran nuestra manera de vivir. En fin, cualquier género de circunstancias que se interponen entre otras, ocupan su sitio, las retiran a un lado o, directamente, las echan para atrás.

Son vivencias positivas o negativas, cuyos motivos y efectos se mantienen rigurosamente guardados en el fondo de uno mismo, sin salir al exterior, a no ser que den lugar a esa novela que muchos llevan dentro, pero que solo algunos pueden sacar a la luz para que sobreviva y cumpla ese triple legado del destino que propone no abandonar este mundo sin plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. 

Y es que, a veces, ciertas vivencias individuales de modestas proporciones adquieren una segunda vida literaria y social más brillante que la real, pues conmueven, a los que las leen, con una carga de intensidad que no aparece en la inmediatez del día a día; siempre que la elaboración formal y el uso acertado de técnicas narrativas las enriquezcan, gracias a un autor que no pone límites al esfuerzo hasta lograr la satisfacción de haber dado a conocer los hermosos ribetes de una vida que ha valido la pena expresar, por mucho que no aparezcan en ella acciones novelables.