El sábado 31 de enero acudí a la localidad de Erratzu con la intención de disfrutar de un fin de semana en una casa rural con amigas y en familia. Coincidía con la celebración de los actos de carnaval, una tradición que debería ser sinónimo de encuentro y comunidad. Sin embargo, lo que viví fue una experiencia de temor y temblor que aún hoy me acompaña.

Mientras me encontraba sola dentro de mi coche, fui rodeada por varios personajes encapuchados, portando antorchas, palos y escobas. Golpearon el vehículo, intentaron entrar en él, realizaron gestos de amenaza y el personaje principal del carnaval, el hartza, llegó a subirse sobre el coche caminando a cuatro patas sobre él.

El coche sufrió daños materiales que, confío, serán asumidos por quienes correspondan. Pero hay daños que no se ven, que no se cuantifican ni se reparan con facilidad. El miedo, la sensación de indefensión, el temblor que se instala en el cuerpo cuando una se da cuenta de que su seguridad depende de que otros decidan detenerse.

Me pregunto -y les pregunto- qué parte de la tradición justifica el miedo. Me pregunto en qué momento confundimos la fiesta con el abuso de poder, el disfraz con la impunidad, la costumbre con la amenaza. ¿Qué debería sentir una persona al entrar en un pueblo en fiestas: acogida o temor?

Como mujer, resulta especialmente doloroso que todo esto ocurra en un pueblo que, a su entrada, exhibe un cartel en el que se declara feminista y comprometido con la no violencia. ¿De qué sirven esos mensajes si no se traducen en cuidado, responsabilidad y límites claros?

Las tradiciones merecen ser preservadas, pero no a cualquier precio. Ninguna celebración puede sostenerse sobre el miedo de otra persona. Cuando una fiesta deja de ser un espacio seguro, cuando genera terror en lugar de pertenencia, quizá sea necesario preguntarnos qué estamos celebrando realmente. Porque una tradición que intimida o que silencia deja de ser cultura para convertirse en violencia.

Escribo estas líneas no desde el rencor, sino porque creo en las tradiciones vivas, en las comunidades capaces de revisarse, de aprender, de establecer límites claros y de corregir aquello que hace daño.

Querido Erratzu, ojalá este relato sirva para abrir diálogo en vuestra comunidad y para devolver a la celebración su verdadero sentido. Porque solo así seréis un pueblo que avanza y vuestro carnaval una tradición que perdura.