Desconcertadas por completo por no tener ni siquiera un recuerdo borroso de lo ocurrido y padecer, además de lesiones físicas y de dolor en sus partes íntimas, un agotamiento importante en los días posteriores y una sensación nunca experimentada, las dos víctimas de la violación con sumisión química reconocida ahora por Estrasburgo reconstruyeron sus propios pasos una semana después de haber sido agredidas. En ese escenario de confusión, decidieron rehacer lo mismo que hicieron la noche más infernal de sus vidas.
“Volvimos a hacer exactamente lo mismo. Hicimos el mismo recorrido que habíamos hecho el fin de semana anterior, el de la violación, hasta que nos acordábamos. Pasamos por los mismos bares, pedimos lo mismo... Para saber si había sido culpa nuestra. Estuvimos preguntando a gente cercana, para saber si nos habían visto aquella noche, si habían visto algo raro”, cuentan Marta y Elena sobre aquella noche.
“Reconstruimos cada paso que dimos esa noche, al menos de lo que recordábamos, para ver si había sido culpa nuestra”
Era, por tanto, como investigar a ciegas pero con el fin de buscar algún tipo de entendimiento sobre lo que habían sufrido. Elena dice que “aunque no tuviéramos recuerdos, nosotras sabíamos que algo no iba bien, que algo había pasado esa noche”. Marta precisa que “algo así no nos había pasado nunca. El beber alcohol no te crea esa sensación que teníamos nosotras cuando nos levantamos ese día en aquella casa. No nos habíamos ido nunca con gente extraña como aquellos dos tipos, era muy real todo. Intentamos investigar primero por nuestra cuenta para saber si nos pasamos, si encontrábamos algo de información de algún tipo... Al final, esa noche en la que reconstruimos los hechos terminamos a las tantas de la mañana, hablando de todo, nos fuimos perfectas a casa. A partir de entonces sí que tuvimos la sensación cierta de que había ocurrido algo”.
“Aunque no tuviéramos recuerdos, sabíamos que algo no iba bien, que nunca nos había pasado algo así”
Marta se siente desde entonces más desconfiada, no miedosa porque nunca lo ha sido, pero más introvertida tal vez. Elena experimentó sensaciones muy parecidas, aunque lejos de Pamplona, donde no siguió viviendo. “Durante estos años he visto que no me fío de la gente, de ambientes, de lugares. Estoy siempre alerta y no termino de desconectar nunca. De alguna manera u otra, eso sigue estando en la cabeza, en el cuerpo, de por vida. De hecho, nosotras perdimos la relación entre nosotras. He tenido la sensación de que en muchos momentos de mi vida se han anulado, no se si ha sido un mecanismo de defensa, de huida, pero he borrado mucho”.
Cuando hicieron aquella reconstrucción al poco de suceder los hechos, Marta y Elena tampoco sabían que cuando los investigados les habían llevado a aquel piso, un policía foral amigo de ellos dos y con los que había estado en el bar Otano cuando las conocieron, no paró de preguntarles por whatsapp por cómo había terminado la noche. Uno de ellos respondió: “Ya conoces la casa de.... El resto es de PPV (pay per view-pagar por ver)”. El otro, en el mismo chat, añadió: “Les hemos cagado encima, no te digo más”. E igualmente desconocían que el mismo policía foral volvió a escribirle días después a otro de sus amigos cuando aún no había sido detenido diciéndole “que te quieres poner en forma para pegarle a la tía esa si vuelves a verla, no... La última vez te quedaste con las ganas y le diste por el culo y todo y ahora lo que quieres es reventarla a puñetazos ¿no? Te quieres poner en forma, para matarla...”. Ahí recibió una inquietante respuesta: “Si te sirve, hoy he hecho tríceps y bíceps, así que a puñetazos”. La pregunta inmediata que surge es ¿un tipo así puede seguir siendo policía foral? Pues lo sigue siendo. Al igual que el cuñado del detenido, que sigue siendo policía nacional.