Este periódico comenzó hace varios años a informar de un relato espantoso en el que se daba cuenta de la violación sufrida por dos jóvenes pamplonesas, de 20 y 30 años respectivamente, en los puentes forales de 2016. Una agresión sexual cometida en un piso del barrio de Erripagaña favorecida con el uso de alguna sustancia que contribuyó a la sumisión química y que debilitó hasta tal punto a las víctimas que las dejó inconscientes, sometidas, a merced de dos tipos desconocidos y sin escrúpulos. Ellas se levantaron de aquel inmueble completamente aturdidas, desnudas y amoratadas también, con una sensación inenarrable y con las defensas por el suelo.

No sabían nada de lo que allí había ocurrido. No tenían recuerdo de esos dos tipos, que se comportaban al margen de la normalidad y que ni siquiera interactuaban. Les pidieron un taxi porque ellas, amnésicas, sin móvil operativo, sin saber ni dónde estaban, solo querían salir de aquel lugar. Ellas tomaron el vehículo desconcertadas, incluso el taxista apreció su estado de confusión y así lo declaró en el juzgado. Días después se pusieron a investigar por su cuenta, a reconstruir la noche para buscar alguna pista. Y los dolores persistían. Acudieron a Urgencias de un centro hospitalario y, debido a la narración de los escasos hechos que recordaban y de las secuelas que arrastraban, la consideración médica fue que podían haber sido víctimas de violación con sumisión química. Denunciaron, primero Elena (acompañada de sus padres) y luego Marta, a quien se le abría el frente de contárselo además a su familia. Elena y Marta son nombres ficticios que se usan en este reportaje para preservar el anonimato de las víctimas. La Policía Nacional se hizo cargo de la investigación.

La inspectora jefa de la UFAM, María Mallén, les animó a denunciar y a seguir con el procedimiento. De hecho, se detuvo a los dos agresores, y entonces se descubrió la relación familiar de un policía que integraba el grupo investigador con uno de los arrestados, del que era cuñado. A los propios investigadores policiales de entonces, que fueron apartados luego del caso, les sorprendió la calma de los dos procesados cuando les engrilletaron. Dijeron que nunca habían visto esa actitud en la detención de dos acusados de un delito tan grave. “Era como si nos estuvieran esperando”. Después, los vídeos del bar Otano donde ellas pierden la noción de todo lo que sucede, los informes periciales de los teléfonos móviles y pruebas vitales para seguir con el curso de la investigación fueron eliminados, sustraídos, perdidos...

El procedimiento por violación se archivó por la jueza después de que la Audiencia le ordenara varias veces realizar diligencias solicitadas por las víctimas, que la instructora denegaba sistemáticamente. Al policía se le juzgó y se le absolvió por falta de pruebas a pesar de que la nube de indicios en su contra sumaba más de una decena de actuaciones irregulares, incluida la búsqueda en las bases de datos policiales con los apellidos de su cuñado, más tarde detenido. Dicha búsqueda se inició antes incluso de que llegara ninguna denuncia a la Jefatura de Policía de Pamplona. El Supremo mantuvo la absolución del policía pero dijo que la misma no equivalía a que fuera inocente, sino a que no había una certeza sobre su culpabilidad. Se abrieron varias causas separadas para investigar la eliminación de pruebas y ninguna fructificó. Carpetazo y a otra cosa.

“Me da mucha rabia que nosotras nos hayamos tenido que esconder por momentos y ellos estén libres, tan campantes”

Elena (nombre ficticio) - Víctima de la violación

Tras agotar todas las vías judiciales posibles, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo condenó el pasado mes de octubre al Estado español por la nula investigación de los hechos, por la mala praxis policial y judicial en el proceso y por ello tendrá que indemnizar a las dos víctimas con 45.000 euros (para ambas). Ninguno de los procedimientos judiciales anteriores va a ser reabierto por ello, ni nadie ha sido sancionado, expedientado o castigado por todo este delirium tremens en el que el sistema ampara a los criminales y desprotege a las víctimas. Esta misma semana la Mesa del Parlamento de Navarra ha alcanzado un acuerdo en el que se solidariza con las víctimas y muestra su rechazo a las prácticas policiales y judiciales que vulneren los derechos inherentes a cualquier víctima de un delito. Solo Vox no lo firmó. El propio ministro Grande Marlaska tuvo que responder a una pregunta de EH Bildu en el Congreso sobre esta cuestión y manifestó su “preocupación por la desconfianza que se pueda generar en las víctimas”.

A mayor abundamiento, el Sindicato Unificado de Policía ha pedido el cese de la comisaria de la Policía Judicial de Pamplona como máxima responsable de lo acontecido. Jupol, el sindicato al que pertenece como afiliada la aludida comisaria Nuria Mazo, emitió un comunicado respaldando a la misma. Por cierto, de nuevo en el terreno de los despropósitos, ninguno de los comunicados de los sindicatos policiales dedica ni una sola línea para mostrar afecto y apoyo a las víctimas.

A este respecto, conviene matizar que la Policía y la Justicia española y navarra, en este caso, han quedado señaladas de arriba a abajo por una sentencia de Estrasburgo que es una bofetada en la cara a todas las tropelías aquí cometidas, lleven el nombre de quien sea, de la jueza instructora, de la Fiscalía, del agente enjuiciado, de la comisaria, de la Audiencia navarra o del Tribunal Supremo. Así, solo el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, nueve años después, ha hecho un poco de Justicia con este caso. Las dos víctimas, Marta en el despacho de su abogado, y Elena a través de una videollamada, charlaron con este periódico durante una hora el pasado jueves. Ya es hora de cerrar esta historia, de retratar a los culpables, dar voz a las víctimas y saber que nadie pagó por esta animalada que ocurrió a las puertas de Pamplona.

¿Alguien les ha pedido perdón después de nueve años por todo lo que han pasado?

–Marta: No, no me lo ha pedido nadie, ni Interior, ni Justicia, ni la Policía, ni la Fiscalía, ni el Gobierno de Navarra. Ni nos lo han pedido, ni nos lo van a pedir.

–Elena: Personalmente, en todos estos años, nadie se ha dirigido a nosotras. Nadie nos ha pedido perdón. Al revés, nos han tenido en la sombra, ha sido como un caso apartado. Nunca he entendido como ha habido otros casos durante estos años y no entendía por qué el nuestro no llegaba a ningún lado y no se le daba tanta importancia.

¿Qué hubieran esperado a nivel de sistema, ya que todo ha fallado en este asunto, a nivel institucional, de protección de víctimas, a nivel de investigación policial y judicial?

- M: Me hubiera gustado un perdón, una disculpa. Hemos estado nueve años abandonadas. Así nos hemos sentido. Parece que al no hacerte caso es como que te tienes que repensar si lo que estás haciendo está bien. Me hubiera gustado que alguien pusiera de su parte, que nos pidieran perdón.

- E: Lo que han hecho las instituciones han sido entorpecer el caso desde el primer momento. Si hablamos de la Policía, ni te cuento. Si no hubiera sido por toda esa destrucción de pruebas, estoy segura que el caso podía haber ido mucho mejor desde el principio. Es cierto que la primera inspectora hizo un gran trabajo desde el principio con nosotras, pero el resto ha sido un disgusto tras otro y me genera mucha desconfianza.

Por tanto, entiendo que tampoco nadie les ha prestado asistencia, se me ocurre, psicológica.

–M: Nadie, nadie nos ha atendido. Tengo una familia bastante clásica, que entiende que mejor no se hable de esto. Si publicabas una noticia, había gente a mi alrededor que comentaba que habían pasado cosas similares, y a mí me daban ganas de responder. Pero si contestaba, me exponía y al final se iba a terminar de saber quién era. Y no lo hacía. Y he pasado nueve años sin hacerlo. Y yo no soy así, de esconderme.

- E: Ninguna institución me ha atendido ni me ha amparado. Estuve con una psicóloga que buscamos de manera particular durante unos años que estuve en tratamiento. Pero nadie se ha ofrecido a atendernos.

¿Volverían a denunciarlo?

- M: Yo creo que sí, incluso lo hubiera hecho antes.

- E: Creo que no lo hicimos antes porque teníamos un mar de dudas. No entendía lo que había pasado y al revés, me echaba la culpa a mí misma. Nos echábamos la culpa a las dos. Y por eso repetimos el mismo recorrido y todo lo que hicimos al siguiente fin de semana.

¿Cuándo sospecharon que podían haber sufrido una agresión?

-M: Al despertarme en esa casa.

-E: Yo también. El primer recuerdo que tenía era una de esas personas mirándome fijamente. Eso no se me quita de la cabeza. Algo sabíamos que no cuadraba desde el primer momento. Era una sensación horrible, que no se borra. La manera de actuar de dos personas normales no puede ser así. Ellos decían que había sido algo consentido, pero su actitud no fue propia de lo que decían. No había ninguna relación cercana, aquello fue muy extraño, frío, muy raro de tratar. Desde el principio nos dimos cuenta, desde que llegué a casa y estuve mil horas durmiendo y me levanté al día siguiente y veía que algo no iba bien, en mi cuerpo, en mi estado físico, en cómo me encontraba.

-M: Cuando nos levantamos, estábamos aturdidas, idas, nos costaba procesar cada cosa que hacíamos. Yo había aparcado aquella noche el coche en Pamplona y al taxi que nos pidieron les dije que nos llevara a mi piso, a la Comarca. El taxista se dio cuenta de que no estábamos bien. Y entonces nos dimos cuenta de que yo no tenía el coche y de que no podía llevar a (Elena) a su casa. Teníamos la cabeza ida. No sabíamos dónde habíamos aparcado. Subimos a Pamplona, estuvimos buscando el coche por donde solíamos aparcar y nos fuimos a casa de aquella manera.

“Esto ha sido una rueda de encubrimiento porque la Policía estaba metida de por medio”

Marta (nombre ficticio) - Víctima de violación con sumisión química

¿Han repensado muchas veces el paso que dieron?

-M: No lo he repensado demasiado, pero porque he tenido el mejor abogado para protegernos y me ha quedado muy claro que lo que hicimos era lo que teníamos que hacer. Pero el hecho de que se torcieran tanto las cosas, era como que te hacía sentir mal, te preguntabas por qué estaban haciendo esto. Te llegas a plantear si compensa lo que estás haciendo porque a veces lo pasas muy mal. José Luis (su abogado) tuvo siempre como meta llegar hasta el final y nosotras fuimos adonde él nos dijo.

¿Ha merecido la pena?

-M: Desde luego que ha merecido. Aunque tuviéramos que llegar hasta Estrasburgo para que alguien nos reconociera que se habían hecho las cosas muy mal. A nivel de lo que hubiésemos querido conseguir, de un juicio y que hubiesen pagado con una condena por lo que hicieron, a ese nivel, te quedas insatisfecha.

- E: Sí que ha merecido la pena. Me siento muy agradecida, orgullosa, emocionada y en cierto modo liberada de ver hasta qué punto ha llegado todo al final. Y que por fin se nos haya reconocido al menos como víctimas, y que se hayan hecho públicos todos los problemas y obstáculos que hemos tenido en el caso. Pero es verdad que el daño permanece ahí y permanecerá. He decidido hablar por quitarme un peso de encima, porque siempre me he mantenido más al margen porque no he sabido cómo gestionarlo y me ha causado mucho dolor todo este tiempo. Entonces he decidido dar el paso también por haber visto hasta dónde hemos llegado y porque quería dar el paso por Marta, por José Luis y por mí también.

Hablando de la dureza del caso, de las irregularidades inherentes al mismo, teniendo ahora más claves del asunto, ¿a qué se ha debido todo esto?

-M: Pues sinceramente, como había policía metida de por medio, unos han encubierto a la Policía, otros han encubierto a los que encubrían a la Policía y ha sido una rueda de encubrimientos para no reconocer que aquí se hacen las cosas mal. Y vamos a archivarlo y ya está.

¿Cómo recibieron la sentencia de Estrasburgo que condena a España por no investigar su caso y por no proteger a las víctimas?

-M: Al principio no me la creía, sinceramente. Recibí un mensaje de José Luis, lo tuve que leer dos o tres veces, y no daba crédito a que fuera el último paso y a que nos hubieran dado la razón. No me creía que no hubiera nada más, que no pasara algo más catastrófico después de eso. Me costó mucho asimilar que saliera algo bien en todo esto, y aún esperaba después alguna mala noticia.

-E: Conozco perfectamente todo lo que ha luchado y ha trabajado José Luis en este caso, pero llegado el momento yo lo veía perdido. No tenía mucha confianza en el tema y pensaba que no iba a llegar a ningún lado por cómo habían pasado todas las cosas. Y me he llevado una sorpresa muy grande.

¿En qué han cambiado en todo este tiempo? ¿Cómo lo reviven?

-M: No tengo muchos recuerdos de ese día. Tampoco tenía apenas ni cuando ocurrieron los hechos. Tengo más recuerdo de cuando declaré en el juzgado de instrucción, en 2018. A nivel personal creo que antes era una persona más social, y que ahora me fío menos de la gente, soy consciente de que no iba a ir a ningún sitio sin sentir siempre esa desconfianza. Me quité las redes sociales durante un tiempo por no saber si ellos me iban a buscar por ahí, si me iba a pasar algo, si me iban a intentar desacreditar de alguna manera o justificar lo que habían hecho. Mi vida sí que cambió de muchas maneras. No soy una persona miedosa, pero antes confiaba en quedarme con más amigos o ir a más sitios sola, y luego de lo ocurrido, intentaba no hacerlo.

En la declaración judicial hubo algunos episodios desagradables respecto a las preguntas que tuvieron que responder. ¿Se sintieron revictimizadas, violentadas de nuevo?

-M: Me sentí como que querían dar a entender algo que no era. Y que eso encima justificaba el hecho de que yo había provocado lo que viví. Y no fue así. Me expliqué bien. Yo hacía fotografía artística, me preguntaron por ello, supongo que buscando desacreditarme, pero cómo vistas o te muestres ante el mundo no es un cartel para decir hazme lo que te da la gana. Y la manera en la que lo planteó ese abogado defensor (de los acusados) me hizo sentir mal y que la jueza quizás tuvo la sensación de que yo podía haber provocado esa situación. Y no fue así para nada. Lo pasé muy mal, salí llorando. Le dije a José Luis que aquello no quería volverlo a pasar.

-E: Me pareció que hubo preguntas totalmente fuera de lugar. Tengo muy mal recuerdo de haber pasado por eso, preguntas muy desagradables, pero por suerte todo lo que me ha causado dolor he intentado anularlo y olvidarlo. Tener que pasar por eso y que ellos no tuvieran que enfrentarse algo así es muy doloroso.

¿Qué les dirían a toda esa gente que os fallado?

- M: Igual es mejor no decir nada.

Tienen la oportunidad de hacerlo.

- M: Que espero que nadie más tenga que pasar nunca por algo así.

Y si les pasa, ¿que al menos les escuchen y atiendan?

-M: Que tengan algún tipo de apoyo. Pienso que la mayoría de la gente se retira después del primer golpe y creo que eso es lo que quieren conseguir, pese a ser injusto.

-E: A la primera inspectora le tenemos que dar las gracias. Con las otras personas no entiendo por qué han ido en nuestra contra. Me genera mucha impotencia pensar en ellos. El tiempo que he estado en Pamplona ha dado la casualidad que he coincidido varias veces con uno de los acusados. El hecho de tener que irme del sitio me parece muy injusto como víctima y no me dejaba tranquila. Y vivir con el miedo de volver a verlo y a recordar es injusto.

Llamó más la atención desde el principio, cuando empezamos a publicar sobre este caso, el eco mediático de La Manada y el arrinconamiento de esta causa. Toda comparativa es horrible pero quizás necesaria.

-M: Vivimos a la sombra del caso de La Manada. Pero entendemos que aquella chica lo pasó fatal, que fue horrible y no quiero ni compararme con ella. No ha sido anónima como nosotras, salió su foto, su nombre y es incomparable ese dolor y lo que tuvo que pasar. Por qué pasó ese caso así, por qué el nuestro no. Yo no quería denunciar al principio porque iba a tener una repercusión. Tengo hijos, marido, una familia muy tradicional. Y el hecho de que llegara a afectarles era algo que no sabía si quería pasar. La inspectora de la UFAM, María Mallén (luego apartada del caso), fue un punto de apoyo clave para ayudarnos a tomar la decisión. Nos dijo que no tuviéramos miedo.

¿Han podido convivir con esto todos estos años?

- E.: He intentado durante este tiempo seguir con mi vida de una manera u otra, aceptarme como si nada, pero me voy dando cuenta que, con los años, siempre va a estar ahí de una forma u otra, algo que te recuerde, te remueva. Durante este tiempo me hago la pregunta de si hubiese sido mejor haberlo vivido todo y recordarlo o no recordarlo, porque me ha creado una sensación de vacío en la mente, una sensación muy rara que cuesta mucho de llevar psicológicamente. Y eso me queda como una seña permanente.

-M.: Yo sin embargo prefiero esa sensación de no recordar. Nunca me voy a poner en el caso de una persona que ha sufrido una violación a la fuerza, no se lo que puedes llegar a sentir ahí. Así que sí que ha dado cierta paz el hecho de no recordar. Si recordara, tal vez tendría más datos. Al no recordar nada, no se pueden fiar del todo de tu versión porque al final qué recuerdas, se trata de tu palabra contra la del otro. Nosotras no nos acordamos y ellos dicen lo que les da la gana. Así que por eso es una mierda. No es justo.

-E: Tengo mucha rabia de que estas dos personas estén campando a sus anchas tranquilamente. Ellos han salido de rositas. Estoy orgullosa y contenta de que el resto, como el cuñado policía, se sepa qué tipo de personas son y en lo que han colaborado, pero me da mucha rabia que estén libres y que la gente que tengan alrededor no sepa ni el tipo de personas que son. Me da mucha impotencia que nosotras como víctimas incluso nos tengamos que haber escondido en algún momento y ellos sigan igual, tan campantes. Pero desde el primer momento todo ha ido en nuestra contra desde el principio.

¿Por qué fue todo en su contra?

-E: Ojalá lo supiera. Tal y como empezó el caso, con la inspectora María Mallén, iba perfecta la investigación. Hasta que la inspectora descubrió que el policía Borja era cuñado de uno de los detenidos y ahí comenzó a torcerse todo. Pero me sigue sorprendiendo con todas las pruebas que había cómo no se nos ha dado la razón. Incluso, desde el primer momento, cuando todavía no teníamos ni intención de denunciar, se demostró que ese policía había buscado en las bases de datos los apellidos de su cuñado, luego detenido. Ha habido demasiadas cosas en nuestra contra.