el otro día decía la prensa que hemos ganado una media de tres kilos de peso por persona con las comidas de estos días. Bien. Así pues, saciado el cuerpo, pasemos a instancias superiores. Es la hora de los píos propósitos y la readaptación de las expectativas para el año que empieza. No lo podemos evitar. Vivimos proyectados hacia el futuro. Sabemos que el futuro es rencoroso, que le gusta burlarse del pasado. Y amamos nuestro pasado, claro. Amamos nuestros rudimentarios y entrañables viejos rollos. Pero no podemos evitar mirar hacia delante. Es el estigma de la especie, el vértigo de vivir. Había un viejo chiste de antifranquistas, seguro que lo han oído alguna vez. Hablaba de una cuadrilla de exiliados que inexplicablemente tenían todos el dedo índice hecho polvo, reducido y mellado. Y la cuestión era: ¿por qué? Pues, muy sencillo: porque cada primero de enero se reunían para comer juntos y siempre acababan golpeando con la punta del dedo una y otra vez sobre la mesa, repetidamente y con una convicción irreprochable y vehemencia sin límites: "¡Este año cae! ¡Este año cae!". En fin. Últimamente, me acuerdo de ese chiste más bien tristón. Me acuerdo sobre todo viendo a algunos amigos que, en referencia a un posible abandono de las armas por parte de ETA, llevan ya más de una década diciendo lo mismo cada principio de año: "¡De este año no pasa! ¡De este año no pasa!". Yo les digo: cuidado con el dedo. ETA (sea lo que sea eso ahora), ha cumplido 50 años. Los mismos que yo. Casualmente, el pasado lunes hizo 50 años de la muerte de Albert Camus. Ya saben, el filósofo y escritor existencialista francés. Aquel que dijo: "A partir de cierta edad, todo hombre es responsable de su cara". Bueno, pues eso. Permítanme otra de sus famosas citas: "Matar a inocentes echa a peder cualquier causa". Y ya puestos, la última, sólo cuatro palabras: "La estupidez insiste siempre". Así que ojo, ya digo. Este Camus era un gran tipo. Naturalmente, hoy es por él por quien alzo y agito mi pequeño botellín.