LA noticia no era ni buena ni mala; grotesca o paradójica, eso a gustos. El departamento de Estado norteamericano, en un comunicado que destila arrogancia, decía que la Policía española era racista porque había interrogado sin motivo, o sin otro motivo que el color de la piel, a dos maderos afroamericanos que nadie ha explicado qué hacían en territorio español. ¿Nuevas actuaciones ilegales de la CIA o del propio departamento de Estado cuya investigación, en manos de jueces españoles, se dilata sine die o no se emprende jamás? ¿Hasta dónde llega el vasallaje y la dejación de soberanía española con respecto a las actividades policial delictivas norteamericanas? No lo sabremos nunca.

Al día siguiente, el departamento de Estado, que avisa de los peligros que corren los yanquis que se van de parranda por el mundo, retiraba la acusación de comportamiento racista por esa interpelación de dos delincuentes de color que andaban con total impunidad por territorio español, cuando muy probablemente sean los Estados Unidos el país líder en abusos policiales padecidos por viajeros de origen hispano, sin que a la embajada se le ocurra elevar por ello la más leve protesta.

¿Incidentes aislados? Uno detrás de otro. Moratinismo de primera. Eterna claudicación en materia de política internacional. Sólo la prensa se hace eco cansino de esos reiterativos empujones padecidos por viajeros.

¿Se acuerdan de lo sucedido con el bailaor Antonio Canales que el día 8 de septiembre del 2000, en el aeropuerto JFK de Nueva York, fue vejado, golpeado, robado y atado con grilletes por la policía de inmigración de Estados Unidos? No, claro que no. ¿A quién importa? A nadie. Era gitano. Y menos mal que era alguien. El impotente vasallaje es algo más que mera palabrería.