EL otro día fue noticia que los médicos de atención primaria de Navarra alertaban de un aumento de consultas con síntomas relacionados con cuadros depresivos exógenos, causados o provocados, directa o indirectamente, por la crisis económica.

Esto ya se venía diciendo soto voce desde hace meses, y no sólo en la Comunidad Foral. Bastaba prestar algo de atención para reparar en el efecto que, en personas de nuestro entorno, estaba teniendo la amenaza de pérdida del puesto de trabajo, la ruina de la pequeña empresa, el paro forzoso, la pérdida de la vivienda, la precariedad vital vergonzante que obliga a más de los que sospechamos a acudir a los bancos de alimentos... Lo dijo con desfachatez hasta un ministro: la crisis era ya cosa de las familias, de los vecinos de escalera, del barrio... Íbamos sabiendo de dramas familiares zanjados con un "¡Ánimo!" y un silenciado "De buena me he librado". Impacienta escuchar jeremiadas ajenas. Hay una actitud (cultura llaman a esos usos ampliamente compartidos) social de no escuchar los gritos de socorro ajenos. A cada cual los propios. Hasta que nos pasa.

De la depresión y de sus síntomas precisos, y mucho más de sus causas, si éstas son sociales, se huye, y siempre se ha considerado mejor silenciarlos. Lo saben los que las padecen y lo saben los familiares de los enfermos porque se ven por fuerza involucrados.

Dicen que los perros huelen el miedo. Y ahora hay miedo, al menos en sectores de la población expuestos a padecer los efectos de la crisis: trabajos precarios, contratos basura y abusivos, acoso laboral, paro, imposibilidad de acudir al pago de deudas que se acumulan...

Entre los discursos oficiales de gente que tiene el presente y el futuro perfectamente blindados y quienes se ven de pronto obligados a vivir en la cuerda floja y ven muy reducidas sus posibilidades y arruinado su modo de vida, hay un abismo al que es mejor no asomarse. Vidas rotas. Muchas.

En una sociedad de vencedores y de vencidos, de triunfadores y de fracasados, de ganadores y de perdedores, no se puede dar excesiva voz a los segundos, su mundo no es el de los relojes de 12.000 euros que reciben como obsequio los políticos cuando cesan en su cargos de aparato. Causa alarma. Demasiada. Mejor discursear en balde con el riñón bien cubierto.