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PSN

el PSN está siempre en la pomada de los desaguisados políticos en Navarra. Por la corrupción y por corromper los intentos de cambio de sesgo ideológico en el Gobierno foral. Gobernaron primero con legítimo aprovechamiento de las actitudes parlamentarias de la repudiada izquierda abertzale, en uso del procedimiento automático de la lista más votada, ya extinguido y añorado por UPN. La corrupción de Urralburu y Aragón embadurnó de indignidad aquella época, que tuvo sus aciertos. Abortaron después la experiencia del tripartito (PSN-CDN-EA), apoyado por IU (1995), por la ocultación consciente a sus socios de una cuenta bancaria en Suiza a nombre del presidente Otano. La Gestora socialista reaccionó con la entrega del poder a unos regionalistas debilitados por la fractura de Alli y la fuerte irrupción de CDN. Efímero gobierno de coalición más coherente que otros con la diversidad sociopolítica de la Comunidad. A partir de aquella fugaz experiencia -cuyo desarrollo pleno hubiera sido interesante comprobar-, UPN se instaló en Palacio (1996) en un largo periodo de sanzismo, con la derecha unida en una misma sigla y un CDN -progresivamente capitidisminuido- colaborador necesario para las mayorías absolutas. Con su extinción, el histórico compadreo entre UPN y PSN pasa a hacerse más evidente, interesado y necesario, con reparto de prebendas y cargos políticos, puestos en sociedades públicas, y custodias cómplices en asuntos tan sensibles como la disolución de Caja Navarra. Los socialistas caen a su suelo electoral, y hasta lo perforan, pero son los árbitros de la situación. De su voto parlamentario depende un gobierno de derecha o un gobierno combinado de izquierda moderada y nacionalismo vasco en sus diferentes gradaciones. Lo tienen claro "por estabilidad, gobernabilidad y responsabilidad", su predilecta trilogía de tópicos: vista a la derecha. Para contenerla y moderarla, por supuesto. Faltaría más. Primero, apoyo externo; después, implicación en las tareas de gobierno. Hasta que Barcina les ha hecho el favor de erigirse en víctimas de la defensa de la honestidad y la transparencia. La presidenta personaliza la crisis en Roberto Jiménez. Es uno de sus ardides. Barcina le conoce al menos desde que coincidieron en el Ayuntamiento de Pamplona, donde la alcaldesa, Jiménez e Iturbe -su padre político y paradigma de descafeinado ideólogico- se compincharon de maravilla. Jiménez no ha cambiado, ni siquiera a peor. Pero son ya inevitables las maniobras de reanimación del proyecto socialista navarro. El desprestigio de la marca agobia. Los adversarios internos velan. Lo más asombroso es que desde ambos costados confían: unos, en recuperar la afinidad; otros, en un giro táctico. Tampoco es confianza. Es necesidad aritmética.