Temeridad
EL alcalde de Pamplona perpetró una temeridad: incluyó la Marcha a Vísperas en el programa oficial de las Fiestas de San Fermín sin la menor cobertura de consenso social (que dio por supuesto) y logística (organización de medios para alcanzar un fin). Todos los grupos municipales, salvo Bildu (su cautela se ha llegado a interpretar como una actitud preventiva ante hipotéticos reventadores afines), secundaron a Enrique Maya. Voluntarismo sobre convicción. El desenlace del vano propósito de recuperación rescató la memoria visual de los años previos a la suspensión del acto y del esperpéntico intento de rescate de 1996: tensión y violencia entre reventadores y recuperadores, núcleo activo de un magma de espectadores. Algunos, implicados en apoyo moral de la tradición; una mayoría, curiosos ante la polémica y la incertidumbre. Previsible. El Ayuntamiento considera los Sanfermines como el mejor patrimonio inmaterial de la ciudad y, sin embargo, los programa y atiende con rutina e inercia. El balance del 15 de julio es de modo invariable -y farisaico- "satisfactorio". Ceguera analítica. La masificación y los comportamientos han desquiciado las fiestas. El primer cohete -devenido después en chupinazo para mayor fuerza semántica- era golpe de batuta a una inmediata y concatenada sucesión de músicas populares. En los minutos previos, un murmullo expectante. Con la renuncia a un espacio en la Plaza Consistorial para las agrupaciones musicales -ordenar los crecientes aforos hubiera sido una mejor decisión técnica-, ese primer cohete llamado chupinazo es solo un estrépito mayúsculo -precedido y seguido por el barullo de gente- sobre el considerable estruendo de la Plaza. La música, expresión de la fiesta, se incorpora casi media hora más tarde. Cuando puede y como puede. Apenas un minuto de belleza plástica (el paisaje de pañuelos rojos, primero sobre las cabezas, luego en los cuellos) y de estímulo emocional (clarines, grito ritual, pirotecnia) en medio de una prolongada orgía de empujones, remojones y vocerío. La suciedad como medida de la juerga. El caos consentido es una imprudencia del organizador, muy evidente en el acto inaugural de las fiestas. Un abordaje serio y riguroso de la recuperación de la Marcha a Vísperas -subordinada desde hace un siglo al carácter contestatario del Riau-riau- hubiera requerido de una organización de la salida, del tránsito y (otra recuperación) del bonito regreso. La ida era de los jóvenes; la vuelta, de los veteranos. Para que las necesarias medidas estructurales tuvieran aceptación y respeto popular hubiese sido imprescindible, con tiempo y sabiduría, una gestión de la persuasión. Diálogo, concertación, conciliación, trabajo. O sea, con sentido preparatorio del éxito, "ir a por todas".