Nacionalismo
El nacionalismo es un sentimiento. En principio, noble. De cuna y de adopción. Dentro de cada nacionalismo hay diversidad de ideologías políticas. El nacionalismo español existe, aunque se trate de hacer ver que todos los nacionalismos identificados son periféricos. Se comporta con insolencia creciente. Con arrogancia. Con petulancia. En el fondo se siente inseguro y actúa con cobardía tras el parapeto de leyes y amenazas para amputar el derecho ciudadano a decidir. Ni siquiera tiene la entereza de llamar española a la selección de fútbol campeona europea y mundial. El apodo de la roja acolcha animadversiones. Las Cortes Generales españolas elevan muros de contención a cualquier intento de consulta de autodeterminación, como si la democracia representativa del Estado tuviera más calidad democrática que la representatividad de los parlamentos autonómicos. Pronto, después de los recuentos electorales, las sociedades vasca y catalana demostrarán una mayoría parlamentaria nacionalista. Está por ver hasta dónde lleguen PNV y CIU, si a dichos maquillados o a hechos desafiantes. ¿Qué revela ese miedo a refrendar el modelo de Estado o su configuración? ¿Hay que mantener por imperativo legal no revisable una monarquía obsoleta y desprestigiada? ¿Hasta cuándo puede aguantar el eufemismo de comunidades autónomas, insatisfactorio para los partidarios de un Estado único y centralizado y para quienes desean determinadas soberanías territoriales? El problema estaba enquistado y ha vuelto a aflorar. La empatía hacia lo español no se fomenta con la subordinación jerárquica de unos sentimientos de identidad a otros. El Reino de España se fraguó más con victorias militares que con el cemento de espontáneas adhesiones populares. La Constitución de 1978, hilvanada en tiempos convulsos e inciertos, fue asumida con espíritu de transitoriedad. Aunque se quiera sacralizar, se ha modificado para lo que ha interesado. Sin consulta ciudadana. Su texto contiene derechos aún no desarrollados e ignora otros, como el de autodeterminación. La unidad por imposición es una torpeza que, a la larga, se paga con intereses. El poder central hará todo lo posible por arruinar el presunto éxito de consultas incómodas. La presidenta Barcina ha sumado su voz castellana al coro de españolear. Tocada con txapela de los excedentes de la Policía Foral, vincula el sentido y encaje del Fuero (como si en la práctica lo exprimiera) a la unidad constitucional. Sus cuentas le dicen que "la mayoría de la población se siente orgullosa de ser navarra y española". Lo más limpio es sacar la vara de medir. Preguntar al pueblo. Aquí se han eludido el referéndum del Amejoramiento y la consulta prevista sobre incorporación a la CAV. En esa afirmación, a mí no me representa.