Eclipse
eclipse total del balcón del chupinazo. El fenómeno reivindicativo demoró la apertura oficial de estos Sanfermines. Obra de unos pescadores que, desde las orillas enfrentadas de dos tejados sobre el río revuelto y caudaloso de la fiesta (para mayor mofa, uno de propiedad y custodia municipal), consiguieron burlar la obsesión política de Unión del Pueblo Navarro de evitar la presencia de la ikurriña -bandera constitucional- en ese momento relevante. Bandera oficial de una comunidad autónoma y sentimental de miles de navarros, tan hijos de Navarra como sus detractores. Las controversias enquistadas requieren de adversarios contumaces. Aquí los hay. Un buen surtido. Sin embargo, la condescendencia es mayor cuando se introducen objetos de plástico hinchable rotulados por marcas comerciales. Su golpeo provoca movimientos peligrosos en una masa compacta e inestable, pero ahí siguen año tras año. El concejal Eduardo Vall, titular de la mecha por turno rotatorio respetado en la designación de alcaldía, se puso de los nervios. Como cuando la caída en votos del PSN lo precipitó fuera del Consistorio. La escapada de Moscoso del Prado, en flagrante incumplimiento de su compromiso con los votantes socialistas de Pamplona, le facilitó el acta de concejal. El edil usó la megafonía para invocar poseso a San Fermín, bálsamo que todo lo calma. Aunque a pie de plaza había perplejidad y no alteración. Luego la emprendió con el ritual, con un preludio obsceno ("desde el respeto institucional") y un matiz grosero ("gente forastera"). La opinión pública medida en estudios demoscópicos demuestra el nulo respeto que le merecen políticos e instituciones, desde la Corona hasta el municipio. Pedir lo que no se merece es obsceno. Grosero, tildar de "gente forastera" a los visitantes a unas fiestas caracterizadas por su hospitalidad y capacidad integradora. Obsceno, grosero, y torpe al intentar persuadir a los periodistas de que el retraso en el lanzamiento del primer cohete no era noticia. El chupinazo de Pamplona es noticia siempre: en su rutinaria puntualidad y en su ostensible y excepcional impuntualidad. Ya se habían exhibido ikurriñas aéreas, y por similar procedimiento técnico, en la inauguración de otros Sanfermines. Lo novedoso estuvo en la proximidad a la fachada barroca y en la demora del chupinazo. Tampoco fue inocente la lentitud en la resolución del problema. Se optó por sacarle rentabilidad política. La hazaña propagandística de los camuflados pescadores excitó las fobias sin terminar de complacer a todas las filias. Hay que trabajar la empatía, sin incomodar simpatías ni radicalizar antipatías. Pamplona, 6 de julio de 2013, 12 del mediodía: eclipse fóbico de la ikurriña; eclipse torpe del chupinazo. Eclipse de la razón.