"Alba corre más, que te va a pillar el toro; Alba corre más que, si no, te pillará". Carmen Alba, la delegada del Gobierno de España en Navarra, parecía mascullar entre dientes el himno de la peña Los de Bronce cuando se vio sorprendida y perseguida por el último toro de la corrida del 8 de julio, diestro saltador de barreras. Cantinillo -encaste Luis Eduardo Aute- canturreaba ufano al trote "A por la Alba, a por la Alba". Tras el sobresalto, la carrera angustiada y el burladero salvador. Murmullo generalizado en la plaza. Cuando recuperó el resuello -confortada por el jefe de la Policía Municipal de Pamplona, Simón Santamaría (buen apellido para rezar una plegaria de gratitud)- la delegada dictó una primera orden: tramitación de una denuncia por escrache contra la ganadería sevillana de Dolores Aguirre -propietaria del insolente e irreverente morlaco- y apertura de una investigación reservada para determinar la posible existencia en la res de genes nacionalistas vascos de origen secesionista. Indicios fundados: el segundo apellido de la difunta ganadera es Ybarra. ¿Los escoltas? ¿Dónde estaban los escoltas que no saltaron prestos al quite? ¿Y los servicios de inteligencia? ¿Ningún espía infiltrado en la dehesa de Constantina detectó el plan urdido por ese bóvido? ¿Quién le chivó a la salida de toriles que la delegada volvía del aseo? Paradójico: el impecable orden del callejón del coso taurino pamplonés, alterado por una dirigente del orden. Carmen Alba es humana y micciona, pero nadie puede volver a su localidad en el transcurso de la lidia. Hubiera procedido que se negara a franquear la pequeña puerta del callejón, de regreso de los servicios. Aunque el burel acabara de pisar la arena. Aunque la persona responsable de la puerta considerase ese detalle, la corta distancia a recorrer, y le aconsejara diligencia y discreción. Una máxima autoridad ha de dar el máximo ejemplo. Tres cuerpos policiales implicados: el nacional (la delegada es la jefa de los guardias), el municipal (su jefe, testigo) y el foral (responsable del orden en la plaza). A ver cómo se coordinan en esta pública infracción. La rumorología sanferminera, muy dada a la fantasía y a la hipérbole, aseguró que Alba había pasado después por la tintorería familiar. El celebrado episodio de final incruento no contó con la colaboración de las pantallas digitales del recinto, que informan de toros y toreros, de los pasodobles interpretados por La Pamplonesa, y de festejos programados. No pudo leerse: "La que corre despavorida es la delegada del Gobierno en Navarra". La charanga del Bronce hubiera atacado el himno con agilidad y la solanera hubiese esmerado sus chanzas. La delegada se sabe infractora y quiere pagar la multa. Cuanto antes. Al Alba.