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Montón

el Encierro da renombre internacional a Pamplona. Guste o disguste, es nuestra más reconocible seña de identidad. El Encierro es la imagen internacional de Pamplona. La del 13 de julio de los pasados Sanfermines resultó lamentable. Impropia de una región europea en el siglo XXI, conservadora de una costumbre primitiva y secular. Del montón físico al borde del albero de la Plaza al montón mediático y creciente de descrédito de la organización del traslado de los toros. Los montones son una lacra. Están contabilizados más de una veintena desde comienzos del siglo pasado. Casi todos en el callejón de entrada al redondel. Se lleva cuenta de los montones que han taponado el ancho del trazado. El segundo tramo de Estafeta y la bajada al callejón dejan cada año algunos síntomas de alarma con montoneras menos obstructivas pero detectoras de riesgos. Los montones revelan fallos en el protocolo, reprobables actitudes estáticas a los costados y falta de pericia en la carrera. Dos montones históricos se han debido directa o indirectamente a mala práctica en la apertura de barreras policiales: 7 de julio de 1960 -cruce Estafeta-Bajada de Javier-, por negligencia de la Policía Armada; 13 de julio de 2013 -Callejón-, por mala praxis de la Policía Foral. En ambos casos, los toros se apiadaron de los amontonados. No fue así en 1974, cuando un corredor chantreano, cegado por un montón su horizonte de carrera, quedó a merced de un morlaco. Al año siguiente entraron en servicio las gateras del Callejón, cuya existencia muchos parecen desconocer u olvidar en momentos de angustia. Que algunos de los policías forales del cordón de Telefónica tengan que ingresar en la Plaza por el callejón no parece responder a un protocolo prudente. Ni siquiera por el aval de la estadística. Basta un ingreso apurado en el tiempo y acompasado al de los valientes -dubitativos algunos de ellos por objetos y líquidos lanzados desde los tendidos limítrofes- para que el operativo pueda fracasar. Gente a rebufo de algunos guardias impidió la maniobra correcta y forzó el estrechamiento del camino. Las puertas pequeñas fueron modificadas en su día para facilitar los abanicos, pero carecen de giro completo hasta topar por fuera con el burladero. Esta opción de emergencia requeriría de otra puerta transversal de seguridad para evitar que los toros pudieran encaminarse por donde este año escaparon del tumulto. La confluencia de Santo Domingo con plaza Consistorial pasó de cuello de botella a un ancho de calzada superior en más de dos metros al de la cuesta (1977, derribo de la anterior Casa Seminario). La querencia en la ascensión de los toros los llevaba hacia el vallado de la derecha y costó un muerto. Soluciones por escarmiento: el fracaso de la prevención.