Esperpento
tras la farsa, el esperpento. Roberto Jiménez, secretario general del PSN-PSOE, se ha dirigido por carta a los afiliados. No habrá gastado mucho en sellos. Le habrá sobrado con alguna de las dobles y triples dietas de Can (legales e inmorales). Ni de dimisión ni de contrición o arrepentimiento por su culpa en la nefasta gestión para "echar a Barcina". Misiva de justificación de la obediencia ("mandato estatutario"), de reafirmación de objetivos ("consecución del cambio progresista"), de escapismo de responsabilidades ("momento de unidad y cohesión"), de arrogancia política ("único proyecto que garantiza la cohesión social y territorial"), y de manipulación ("desgobierno parapetado en los votos de Bildu para aferrarse al poder"). En paralelo, Juan José Lizarbe, portavoz parlamentario, siempre disponible para el reciclaje en el vertedero socialista, presume de partido "capacitado". Como depredador de expectativas sociales, ¡sin duda! Siempre. En España y en Navarra. El secretario federal de Organización, Óscar López, aterriza en la realidad y se refugia en un eufemismo optimista: el partido "no ha salido fortalecido en Navarra". Por su parte, Barcina y UPN aprovechan el rebufo del fiasco socialista y enfilan la recta final de la Legislatura ya en campaña: Barcina y Goicoechea escenifican su calvario político en el vía crucis de la Javierada (no podrían haber encontrado mejor acompañante que el histrión Salvador); la presidenta demanda "rigor parlamentario" para no aprobar unas conclusiones que UPN pretendía revisar; y el leal portavoz pregona que su ama "no contempla convocar elecciones". Lo que peor se soporta es la iniquidad de Jiménez (los votos del PSN, no los de Bildu, dieron el Gobierno a UPN) y de Barcina (elude la cuestión de confianza y recupera de hecho el protocolo de lista más votada). Una concejala socialista de Cascante ha dimitido con dignidad de la Ejecutiva Regional y les ha mandado "a cascarla?". Como tantos otros.