Chupinazo
El Chupinazo es un protocolo. No un premio. Ni un homenaje. La detonación del primer cohete marca la apertura oficial de las Fiestas de San Fermín. Su institucionalización data de 1941, cuando accedió al balcón consistorial. Hasta entonces, su disparo en la plaza del Castillo era informal, en concierto con un repique de campanas y en manos de empleados pirotécnicos. Durante la mitad de su existencia ha carecido de relevancia social y política. El concejal responsable de la comisión elaboradora del programa de fiestas prendía la mecha de oficio. Así, el mismo edil repetía varios años. De forma sencilla. Los gritos rituales y el toque o fanfarria fueron incorporados en diferentes momentos de su historia. A partir de 1979, tras la aprobación de la Constitución y las primeras elecciones municipales, adquirió notoriedad y revuelo. El alcalde Balduz, que nunca quiso tirarlo, presidía la Corporación que estableció un acuerdo de concordia: un grupo municipal por mandato, en rotación de mayor a menor. El alcalde delegaba mediante ese criterio y el grupo decidía la persona dentro de sus miembros. Además, la presencia del alcalde era tan discreta que salía al balcón inferior tras la retirada de clarineros y timbalero. Barcina y UPN rompieron moldes. Barcina se quedó en el balcón del Chupinazo para salir en la foto y enseñó a UPN el camino de la exclusión: ¡izquierda abertzale, kanpora! El alcalde Maya ha eludido el suspense. Antes de llegar al cuarto peldaño de la escalera, decisión publicada: delega en el comité local de Pamplona de Cruz Roja Española, en su 150º aniversario. Las excepciones a la regla no escrita han sido siempre causales. Primero, el objetivo: negar ese escaparate a los batasunos-etarras. Por cojones sectarios. Después, la solución: encontrar una alternativa fundamentada. La intencionalidad política salpica de impurezas el regalo. Los beneficiarios son más pretexto que razón. Maniobra espuria. Pero nadie declina.