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Tarugos

Elementos del encierro, decorado turístico: una imagen de San Fermín en la hornacina de Santo Domingo y tramos de vallado en corrales de salida, plaza Consistorial y callejón de bajada a la Plaza de Toros. El de la plaza del Ayuntamiento (Oficina de Turismo), salvado del último desmontaje, incorpora el poste con el memorial de los muertos en el encierro. Un exceso. Una cosa es que las Fiestas de San Fermín sean y estén declaradas de Interés Turístico Internacional (1980), y otra que objetos inherentes a los Sanfermines permanezcan como reclamo turístico. Nadie va a venir expresamente a verlos, aunque el turista reciba con simpatía la posibilidad de fotografiarse junto a ellos. Mientras llega el Museo de los Sanfermines, la calle como museo sanferminero. Miedo me da que vaya a más. Un San Fermín en la hornacina solo tiene sentido cuando, debajo, voces de corredores invocan su protección en una liturgia moderna con relación a la antigüedad de la carrera. Los guías han de explicar que no es el que sale por la tele. El vallado lo cobra igualmente en fechas de encierro, si bien su montaje progresivo durante un mes, para hacerlo compatible con la movilidad ciudadana, acompaña el escalofrío emocional de la cuenta atrás. Por contra, el temprano y meteórico desmontaje anticipa demasiado la sensación de último día. Como si hubiera prisa por entonar esa primera estrofa gestual del pobre de mí. Las calles del encierro, con la curva Mercaderes-Estafeta como máximo reclamo, y la céntrica ubicación del coso taurino cubren con suficiencia la capacidad de evocación de los visitantes, que contemplan también al cercano monumento al Encierro. Las calles del encierro son el contenedor de una vivencia local devenida en espectáculo mundial. Son las que el turista quiere pasear, retratar y fisgar. Se destrozan y esconden restos históricos en la Plaza del Castillo y se mantienen cuatro maderas aisladas junto a la nueva oficina de turismo. Tarugos.