Codicia
Virgen. No mártir. Santa María la Real se revolvió alterada en su trono al escuchar de labios de Yolanda Barcina el deseo de que “nuestra vida social” supere “los impulsos del egoísmo y la codicia”. La talla románica sedente pareció expresar una pregunta enojada: “¿¡Y tú me lo dices!?”. La ofrenda del Gobierno foral a la titular de la Catedral de Pamplona conmemora el aniversario de su coronación canónica (21-Septiembre-1946). Una de esas costumbres de servidumbre religiosa que mantienen instituciones políticas asentadas en una Constitución no confesional. Consiste en la entrega de una aportación económica para el mantenimiento del culto -dentro de una de las históricas urnas de plata- y en una plegaria. Nada para el ajuar de la talla, muy rico en joyas y mantos. Aunque quizá hoy en día resultara más justo que fuese el Gobierno quien pasara el cepillo de los tributos a la Archidiócesis. Santa María la Real, que carece de competencias terrenales, está acostumbrada a escuchar anuales imploraciones de ayuda por parte de gestores incapaces de resolver necesidades sociales. Barcina la solicitó para los parados, los dependientes y los refugiados de conflictos internacionales. Lo hizo como presidenta de un Gobierno regional con alto índice de desempleo e insuficientes políticas de empleo, alicorto en la atención a la dependencia y recortador de las aportaciones a las ONG dedicadas a la cooperación. Más ruego que mazo. Santa María la Real escuchó impasible la carta a la Providencia. Hasta soportó con estoicismo la idea de que la solidaridad colectiva aplaque las consecuencias de la fractura de clases provocada por el superior gobierno de los mercados. Sabía que algunos ministros habían delegado la salida de la crisis en Santa Teresa o la Virgen del Rocío. Y el apóstol Santiago le había comentado cómo la canciller Merkel le sorprendió por la espalda. Pero que Barcina repudiara la codicia le sonó fuerte. Muy fuerte. Y cínico.