Cantos envenenados. San Fermín, 9 de julio, noche en Jarauta: profusión de camisetas y banderas lilas en las Peñas de Pamplona, expresión festiva de rechazo a la violencia contra la mujer. Las fiestas patronales y populares -más cuanto más multitudinarias e intensas- son escenario sensible para violentar voluntades, abusar de estados de debilidad o confusión y violar cuerpos. La excitación de la juerga, la relajación en el respeto a las normas básicas de convivencia, la permisividad social y el alcohol y otras drogas coadyuvan a esas formas de violencia. Lo paradójico es que aquella campaña sanferminera fuera compatible con la kalejira y el canto alborozado, a voces mixtas, de un estribillo popular en el repertorio de las charangas: “Tírate a la rubia, y a la morena, también”. Extraño contraste entre pretensión reivindicativa y actitud desenfadada. San Fermín Chiquito, 27 de septiembre, atardecer en la plaza del Castillo: La Pamplonesa cierra su concierto con Cantos populares, un popurrí de melodías y estribillos enraizados en el acervo norteño, repertorio manido y ya casi obsoleto en las sobremesas de taberna. Instalado en la memoria histórica de algunas generaciones, la música incitaba a cantar. Y se cantó, incluso ellas más que ellos: “Y le daba, le daba, le daba unos palos que la consolaban; y le daba, le daba y le dio unos palos que la consoló. Ahí la tienes, báilala, no le rompas el mandil, mira que no tiene otro la pobrecita infeliz”. Y vuelta a los palos. Lunes lilas, sábado lelo. La sensibilidad se manifiesta también en los pequeños detalles. La rutina contamina nuestra capacidad de atención a los mismos. La inercia distrae. Habría que renunciar también al sexismo de comerse el chochingorri o txitxingorri y al de tildar de maricón a quien no haga esto o lo otro, como dejar de publicitar que los borrachos en el cementerio juegan al mus. Quitar caspa al cancionero popular. Hay ingenio fuera de la zafiedad. Seguro.