En sus tiempos de futbolista en el Corellano -el equipo de su pueblo-, Miguel Sanz era un defensa con las ideas claras: si pasa el balón, no pasa el contrario. En su último amistoso de entrenamiento, una pachanga entre dos equipos de la misma plantilla, Sanz se relajó en exceso. Algo le distrajo -una caída de ojos o un habilidoso juego de piernas-, Barcina lo desbordó y se metió con el balón hasta el fondo de la portería de UPN. Miguel Sanz le había ascendido al primer equipo regional después de ejercitarla en el vestuario del palacio foral y de rodarla en la competición local de Pamplona, y le había entregado un dossier con las tácticas más beneficiosas para el club. No eran muy coherentes ni respetaban el juego limpio de la mutua confianza entre asociados, pero amañaban los resultados para mantenerse líderes. El caso es que se confundió con Barcina como con Juan Cruz Alli y Santiago Cervera. No hay dos sin tres. Yolanda cogió el balón y decidió quién jugaba y cómo se jugaba. Eso sí, mientras el asunto fue clandestino, mantuvo el asiento de Sanz en el banquillo de la Permanente de Can para que siguiera con el cobro de primas. Designó su guardia pretoriana y aprendió de las marrullerías de su antecesor. Sanz se las aplicó al PP y al CDN; Barcina, al PSN. A partir de la disolución del gobierno de coalición, Barcina afronta una mala temporada, con división doméstica, derrotas parlamentarias y afrentas al Fuero. UPN pasa por su peor momento desde la escisión de Alli. En la casi descartada situación de que la derecha y los socialistas estén en condiciones de sumar mayoría absoluta en las forales del año que viene, Barcina ha apostado por lo único innegociable e insoportable para el PSN: postularse como candidata. Y lo ha hecho. Sanz intuye debacle y peligro de mudanza en Palacio. Gesticula desde mantel compartido con estómagos agradecidos. Barcina y su sanedrín responden con el mayor desprecio: la indiferencia. Un caño al defensa.
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