UPN ha ganado las primarias del PSN. Ninguna de las candidatas podía inquietar las relaciones de futuro con los regionalistas. Chivite menos que Acedo. María Chivite aspira a recuperar la credibilidad, la confianza y la coherencia, principios maltratados. Tarea muy difícil cuando se ha formado parte de la Ejecutiva Regional. Por eso es lógica su cautela, o su miedo: “No quiero mirar al pasado”. Una autocrítica precisa hubiera sido un precioso principio. Honesto y diáfano. Una cuenta nueva a partir de borrón de la fe pública de errores. El futuro no dependerá del PSN si nos atenemos a los sondeos demoscópicos. Además, Chivite subordina la influencia política a la fuerza social de su partido. Sabe que están en caída libre y expuestos a la concurrencia de Podemos. Su horizonte personal razonable está en la consecución de la secretaría general y en conceder mucho tiempo a enderezar la sigla. A corto plazo pintan bastos. Lo de liderar una mayoría social de progreso revelaría fiebre aguda y ceguera analítica. En la hipótesis improbable de un PSN fuerte, Chivite apostaría por una opción entre constitucionalistas, con descarte radical del nacionalismo vasco extremo. UPN, su socio explícito en diferentes modalidades de alianza durante tantos años, desea al PSN. Quiere mantener el reparto de beneficios. Pero Barcina ya no seduce: espanta. “Yolanda Barcina no es una persona de fiar”, “No hay más que preguntar un poco para ver qué piensan los militantes del PSN de Yolanda Barcina”. Frases de María Chivite. La “orgullosa de ser presidenta de Navarra en una legislatura tan difícil y rodeada de tanta incomprensión” ya no puede ser quien camele a los socialistas. O el partido de Barcina asume que su anunciada cabeza de cartel repele al PSN (lo contrario sería su puntilla), o si por milagro los votos parlamentarios socialistas fueran determinantes, Barcina tendría que sacrificarse en aras de la Navarra foral y española. De víctima a mártir.