Consultas
Consultar es lo más democrático. Consultar és el més democràtic. Galdetzea da demokratikoena. Impedirlo mutila la democracia real. Es democráticamente inaceptable, políticamente cobarde, socialmente despectivo. La confiada delegación de la soberanía popular en los partidos políticos se ha demostrado una práctica de alto riesgo. En tres décadas han masacrado la ilusión de la Transición. Solo consultan al ciudadano en los trámites electorales. Con promesas ya sin credibilidad, programas susceptibles de incumplimiento descarado e impune, incógnita en los pactos posteriores a la expresión de la voluntad del cuerpo electoral, y ningún control interno ni asunción de responsabilidades en comportamientos inadecuados o delictivos de sus electos. La petición de perdón es una impostura. No merecen tanta confianza. La vigilancia y la reválida social se imponen imprescindibles. La suspensión judicial de consultas tiene el soporte de un Tribunal Constitucional de designación política, que aplica legislación emanada de unos políticos profesionales insoportables, con más sentido patrimonial y arbitrario del cargo que auténtico talante democrático. Se apropian de las voluntades representadas y las retuercen a su interés. La consulta se acepta en formato de encuesta o sondeo. La técnica demoscópica permite cocinar cuestionario, perfil y resultados. Los referéndums de Estado estuvieron sometidos a presiones emocionales (pavor a la involución en el constitucional y amenaza de dimisión del presidente González en el de permanencia en la OTAN) y a preguntas de respuesta casi inducida como la de este último, precedida de introducción y tres condiciones (luego incumplidas). La sacralización de la Carta Magna es de carcajada histriónica cuando PP y PSOE (apoyo de UPN) introdujeron la exigencia europea sobre el control de la deuda. Con los cimientos del sistema cuarteados por la corrupción, no hay principio que se mantenga erecto. Solo el de autoridad.