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¡Aleluya!

Barcina renuncia a ser candidata. Lo predicho aquí hace tres domingos: sacrificio personal en aras de la Navarra foral y española (la renovación “puede transmitir una ilusión especial”, argumenta). De víctima (¡tanta incomprensión!) a mártir (se inmola). Barcina renuncia al sillón presidencial -en extremo riesgo de pérdida en las próximas elecciones-, pero mantiene la vara de mando desde la presidencia de UPN. En el proceso de selección y en la tutela del sucesor. Ventrílocua del futuro muñeco. Ahora se dispone a practicar la denostada bicefalia, al menos hasta la terminación de su mandato en 2017. Anuncio de renuncia con la arrogancia característica del personaje -“No tomo estas decisión porque me pida nadie que dé un paso atrás”, con soberbia -no asume la candidatura si no va a ser presidenta -y con un mohín de humildad- “Dispuesta a ser parlamentaria si así lo consideran el partido y el comité de listas (preside ambos)”. La candidata Barcina habría sido un lastre para el voto regionalista y una losa inamovible para cualquier pacto con el “nuevo” PSN. Un estorbo para el segmento constitucionalista. Facilidades innegables, por tanto, para cualquier proyecto alternativo. Hasta le hubiesen podido imputar el advenimiento de los vascos. En ese caso, Barcina habría sido ETA. Codicia económica, altanería política, soledad parlamentaria, graves errores de gestión, mentiras y falsedades, irritación interna, fobia de los socialistas, hostigamiento del PP: tropiezos y zancadillas hasta caer de bruces. La retirada, más estética que la derrota. Otro se moja, ella guarda la ropa. En la inauguración del curso político en Cadreita, se ofreció entusiasta: “Contad conmigo para ganar el futuro de Navarra”. Pero ha tenido que apartarse de la primera línea para que UPN pueda intentarlo. El desgaste sostenido ha sido superior a la soberbia de su terquedad. Los oídos más finos detectaron una alegría unísona en las sedes de UPN y PSN: ¡Aleluya!