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Cambio

Lo cuento como me lo contó. Había tenido algún cargo presuntamente indebido en la factura del móvil (importes por supuestas llamadas con la columna del número vacía) y su insistente reclamación resultó inútil, aunque le reconocieron motivos para hacerla. Fue tajante: “Cuando finalice mi permanencia, cambiaré de compañía. Por justicia distributiva: para que me roben otros”. Un hecho cierto, documentado, que me expuso como metáfora para anunciar su voto político por el cambio. También por justicia distributiva. Los partidos hegemónicos del bipartidismo sienten llegada la hora final de su ciclo de alternancias y complicidades y pretenden contagiar en miedo social sus miedos particulares. Saben que un cualificado porcentaje de la sociedad siente ganas de cambio, no miedo. Como en Grecia. Es abrir su frigorífico, encontrar un yogur griego y notar arcadas. Su común lema de campaña podría ser: “Más vale mal conocido que bueno por conocer”. El que está por conocer puede resultar bueno, regular o malo, pero se merece el margen de confianza -recelada o ciega- del que los hasta ahora mayoritarios han gozado. Una confianza refrendada incluso de modo asombroso ante incompetencias, incumplimientos, engaños y golferías contrastados. Pero ya, desgastada. Exhausta. Todo tiene un límite en la paciencia de la ciudadanía, fidelidades inquebrantables al margen. Si la gente vive bien, exhibe una mueca de sorna ante los pillajes políticos y económicos. Si la gente pierde calidad de vida, tuerce el gesto hacia el enojo extremo. En este punto estamos. Las encuestas son encuestas, como razonan sobre todo los perjudicados por los datos demoscópicos, pero los sondeos revelan síntomas y tendencias. Lo bueno de lo nuevo es que carece de antecedentes. Los históricos hegemónicos salen de las hemerotecas pringados de mierda. Se desquician en descalificar a los peligrosamente emergentes con voces altas pero con apenas hilillos de credibilidad. Enmudecerán.