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Cambio

el cambio avanza: después del electoral, el institucional. UPN ha verificado en los Ayuntamientos su sensible pérdida de poder municipal. Sin asomo de autocrítica, por supuesto. La elección de un alcalde de Bildu en Iruña es para los regionalistas como alcohol en herida abierta. En su alarmada opinión, un cuatripartito es letal para la estabilidad en las instituciones. No así un cambio de chaqueta política (ahora con el PP, ahora con el PSOE), ni frustrados gobiernos de coalición (con CDN y con PSN), ni el préstamo de un diputado a Coalición Canaria para que pudiera formar grupo parlamentario en el Congreso. Esto fue seriedad democrática. No le parece moral compartir gobierno con una sigla que no ha condenado la actividad armada de ETA. Por el contrario, UPN es un referente moral: constancia fundacional de su disconformidad con la Transitoria Cuarta (incorporación a Euskadi) y con el franquismo, cuya actividad violenta -en forma de golpe de Estado y la subsiguiente represión tras la Victoria- condena sin paliativos en sus propios estatutos; en su casi cuarto de siglo en el Gobierno foral, mimo de la memoria histórica de los fusilados en cunetas y tapias de cementerios, en un territorio excluido de los frentes de guerra, y escrupulosa supresión de todo tipo de símbolos franquistas; reconocimiento espontáneo de otro tipo de víctimas del terrorismo. ¡Sarcasmo inevitable! Ahora prefieren un socialista a un nacionalista; antaño fue a la inversa: ofrecieron la alcaldía pamplonesa al único concejal jeltzale para evitar al rojo Balduz. En la misma tesitura que Javier Esparza -próximo currela en el taller de la oposición- canta Pablo Zalba, el eurodiputado del PP receptivo a la seducción económica de un falso lobby en Bruselas. La modificación del estatus de Navarra no depende en última instancia de los políticos sino de los ciudadanos en referéndum. En cuanto a la gestión, la verdad es que apetece conocer otros estilos. Por probar.