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Príncipe

La lideresa del cambio tuvo que apechugar con el requerimiento de Izquierda-Ezkerra -la gota que colma el vaso de la mayoría alternativa-, expresado horas antes del acto oficial en el Monasterio de Leyre: desvincular a la Corona de España del Premio Príncipe de Viana de la Cultura y pasar a denominarlo Premio Navarra a la Cultura. Un taconazo en el tiento de los preliminares del relevo. Uxue Barkos encajó el envite sin prisas -“no es una prioridad”-, sin plazos -“no me atrevo a aventurar que sea el último presidido por los Reyes”- y como asunción natural de la “posición republicana” de la “mayoría” de las fuerzas que negocian un pacto de Gobierno. ¿Y esa implícitamente deducible minoría monárquica? ¿No estará en la propia Geroa Bai? Es difícil vislumbrarla en EH-Bildu, Podemos o I-E. El argumento de la prioridad es una estratagema dilatoria. Uxue Barkos esgrime las prioridades en lo social, lo económico y el empleo como urgencias más perentorias que la revisión de una distinción cultural. Las prioridades en la gestión hay que determinarlas entre las que afectan al presupuesto de gastos. El fuste de una nueva denominación que prescinda del Príncipe de Viana (ahora la princesa Leonor de Borbón) y de la presencia de los Reyes de España, no está en lo económico sino en lo simbólico. Y ahí los miramientos revelan una debilidad prudente, una cautela temerosa. El título de Príncipe de Viana fue instituido por el rey Carlos III, el Noble, para designar al heredero o heredera de la Corona de Navarra. El documento está fechado en Tudela en 1423. Tras la conquista de Navarra en 1512, el título pasó a la Corona de Castilla y, más tarde, a la de España, con otros como el de Príncipe de Asturias. La denominación evoca el pretérito independiente del Reino de Navarra, una reliquia para la memoria histórica. No es gestión de recursos financieros. Es una decisión política competencial. A tomar en plazo. Con naturalidad. Antes de un año.