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Chupinazo

Tras el chupinazo político, el sanferminero. El alcalde Asiron, depositario de la delegación, quiere “devolver el protagonismo a la gente” y aboga por colectivos o candidaturas populares. Renuncia a la foto. Plantea aligerar la creciente carga institucional de las fiestas. De modo contradictorio, se pretende institucionalizar (inclusión en programa y presencia municipal) el homenaje a Germán. Queda por comprobar si Asiron comparecerá en el balcón del primer piso, como era costumbre hasta que Barcina decidió instalarse en el del chupinazo. El primer cohete -así llamado en su terminología más antigua- tiene un origen espontáneo y popular como buena parte de las costumbres sanfermineras. Su ascensión al balcón municipal data de 1941. Durante décadas, la mecha fue prendida por el concejal responsable de la elaboración del programa de fiestas. Con naturalidad procedimental, sin asomo de notoriedad. De hecho hubo quien lo disparó media docena de veces y quien, repetidor, lo cedió a un compañero de corporación. La única salvedad fue el lanzado por Fraga Iribarne (1964), entonces Ministro de Información y Turismo, aunque los gritos rituales salieron de garganta de concejal. A partir de 1979, la corporación del Alcalde Balduz (no lo quiso para él y tuvo dos oportunidades) estableció la norma no escrita de una sucesión rotatoria de grupos municipales, de mayor a menor, respetada hasta la llegada de Barcina. Desde el año 2000, cinco chupinazos han quebrantado esa regla, varios de ellos para evitar a la izquierda aber-tzale. Lo importante no es la mano que prende la mecha, sino la detonación que activa el reloj de la fiesta. ¿Acto institucional, distinción popular? El alcalde puede plantear otro mecanismo, proponerlo a los órganos municipales y someterlo a consulta ciudadana. Pero el sistema en vigor, respetado en sus términos de rotación y ajustado a un grito bilingüe de Viva/Gora San Fermín, carga el artefacto con la pólvora justa.